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Mis razones para la esperanza

En mi libro "Mexicanidad y esquizofrenia" esgrimo una tesis impopular. Digo que nuestra corrupción ha permeado desde el vértice a la base de la pirámide social, porque se ha convertido en el aceite del engranaje de la vida nacional.

Cierto, en sus orígenes coloniales México se comenzó a corromper desde las élites, pero hoy las corruptelas proliferan tanto entre los ricos y poderosos como entre los clasemedieros y los débiles y desposeídos, porque lo mismo sirven para concentrar la riqueza que para distribuirla. Aunque los beneficios son muy desiguales —no podía ser de otra manera en el país de las desigualdades— casi todos ganan algo, desde la cúpula política, empresarial y sindical que se enriquece obscenamente hasta la policía que muerde, el changarro que vende kilos de a novecientos gramos y la vecindad que se roba la luz con diablitos. Y es que la corrupción también tiene un rostro amable: permite que un burócrata junte a base de mordidas el dinero para pagar la operación de su abuela enferma o que un vendedor ambulante pueda sobornar al juez para sacar a su hermano de la cárcel. Por eso la indignación y la exigencia de cambio suele ser efímera, particularmente cuando los corruptos "salpican", como dictan los cánones. Ahí está el nuevo y aterrador ejemplo del crimen organizado, que ha envilecido el tejido social en un esquema que va de los grandes capos y los lavadores de dinero a las familias marginadas en las que el padre es halcón, la madre narcomenudista y el hijo sicario.

El problema ya es cultural. Empezó con incentivos perversos debido a un mal diseño legislativo que hace más barato, más rápido y en general más conveniente evadir o violar la ley que cumplirla, y con el tiempo trocó en inercia. El antiguo régimen priísta se diseñó para que los pobres votaran por los caciques a cambio de despensas o bolsas de cemento o placas de taxi. Y en la época de vacas gordas, la del desarrollo estabilizador, la clase media apoyó implícita o explícitamente a un gobierno que sabía corruptor porque la economía crecía y mejoraba su nivel de vida. Pero esa subcultura recibió un serio revés en los años setenta y ochenta, cuando México entró en la espiral de las crisis económicas cíclicas. Se construyó entonces ciudadanía y la realidad se hizo visible: la corrupción no era el efecto ineluctable del progreso sino la causa indeseable del subdesarrollo. Creció la oposición y poco después llegó la alternancia. Por desgracia, el entusiasmo se fue diluyendo en los siguientes dos sexenios, pues los gobernantes del PAN se corrompieron y no dieron los resultados esperados, y el desencanto revivió al PRI. El veredicto del 38% del electorado en 2012 parece resumirse en una frase: si todos son corruptos, que regresen los eficaces.

Con todo, lo que de entrada parecía el retorno del cinismo pronto se topó con un nutrido grupo de ciudadanos que ya no muerde el anzuelo. ¿De qué otra manera se puede interpretar el hecho de que el presidente Peña Nieto tenga bajos porcentajes de aprobación y no alcance la popularidad de sus predecesores, que en varios casos encararon circunstancias más adversas que él? He aquí mis razones para la esperanza. Si más de la mitad de los mexicanos es capaz de resistir el enorme aparato clientelar, mediático y propagandístico del gobierno y sacar sus propias conclusiones, México tiene remedio. En mi libro sostengo que, en un país donde lo racional para el individuo es corromperse, la clave de la redención es darse cuenta de que la suma de esas racionalidades individuales da como resultado una irracionalidad colectiva. Por eso resulta muy esperanzador el creciente rechazo que estamos presenciando —quiero creer— a la representación más conspicua del arreglo de la corrupción al que unos se adherían por necesidad y otros por comodidad. De ahí a la depuración por la sociedad del resto de la partidocracia sólo media un pas.

Twitter: @abasave