Opinión

Misionero

Por: Marco Antonio Berrelleza

El 19 de marzo de 1813, en el hogar de una familia pobre, en Blantyre, Escocia, vino al mundo David Livingstone.

Al mismo tiempo que trabajaba en una fábrica textil, ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Glasgow.

Aun así se daba tiempo para estudiar teología, disciplina que lo llevó a ofrecer sus servicios a la Sociedad Misionera de Londres.

En 1840, cuando egresó de medicina, y se ordenó sacerdote protestante, partió como misionero médico a África del Sur.

En 1841 llegó a Kuruman, en la actual Botsuana, situada a mil kilómetros del Cabo de Buena Esperanza.

Cuatro años más tarde contrae matrimonio con Mary Moffat. Juntos inician viajes de exploración por territorios nunca pisados por europeos.

En los años siguientes cruza el desierto de Kalahari y descubre el río Zambeze. Livingstone, que llevaba un mensaje de paz y esperanza a los nativos, se impactó con la horrorosa trata de negros practicada por algunos europeos.

Los nativos eran perseguidos como animales hasta ser capturados para su venta. De nuevo en Inglaterra, en 1865 siguiente regresa al continente negro, para nunca más volver.

Dado por muerto, un periodista, Henry M. Stanley, lo encuentra junto al lago Tanganika. Livingstone no quiso regresar a Londres argumentando que no había terminado su tarea.

Muere la noche el 30 de abril al primero de mayo de 1875 en un poblado negro.