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Mónica Lavín

ARTE DE NOVELAR

Leer a Mónica Lavín, nacida en la ciudad de México en 1955, es garantía de sutiles sorpresas y momentos insospechados que agregan reconocimiento y respeto para una novelista contemporánea que siempre nos ofrece algo diferente. Ahora que ustedes lean Doble filo, novela publicada por Penguin Random House grupo editorial (Lumen), en marzo de 2014, en México, sabrán de qué les estoy hablando y aunque no estén de acuerdo conmigo, desde ese momento tendrán sumo cuidado con las historias ajenas que despierten su interés y repasarán la definición de paralelismo dos veces al día. Doble filo es una novela breve; además está ricamente aderezada por ilustraciones de María José Lavín, que despliega una línea erótica fascinante, de cuerpos briosos y piernas hechiceras; por supuesto, sin la celulitis de las gordas de Rubens, las redondeces frutales de las chicas Botero o el discreto encanto de las mazatlecas de López Saenz. Creo que tenemos un apellido más para agregar a los García Ponce y a los Revueltas. Mónica sabe cómo inyectar suavidad a su discurso, de tal suerte que la historia va directa, sin digresiones, dinámica y vivaz alrededor de Antonia, la chica que ha llegado con la Bruja, que es la narradora, para que la ayude a olvidar, porque si recordar es vivir, olvidar es revivir. Claro, es un asunto de amores, es más: del primer amor, ese que es beso, abrazo, temblor inevitable, y que, por más esfuerzo, es imposible erradicarlo.

La Bruja asimila las historias que Antonia le cuenta de Esteban. "Cuando uno escucha a los otros se carga de sus historias", reconoce, y aun así permite que los lacerantes o hermosos recuerdos de la joven condicionen los suyos y se establezcan universos paralelos que se complementan y terminan generando una dependencia entre las dos mujeres, que nos dejan claro que los amores contrariados son determinantes en la historia del ser humano, porque el recuerdo se alimenta constantemente y de muchas maneras, desde ese suspiro inofensivo, hasta el hervor típico y crocante de los rencores vivos. "El odio no existe hasta que se revela", afirma la autora, y en asuntos amorosos todos reconocen el instante en que la propia saliva se vuelve amarga y sálvese quien pueda.

La Bruja, es decir, la narradora, es una mujer que tiene resuelto qué ponerse todas las mañanas, pero le pasa de todo, como si fuera el pozo donde se agazapan las innumerables desgracias. El personaje no puede evitar reflejar las historias que Antonia recuerda y que definieron su relación con su novio, con esa relación iniciática que en todos ocupa un lugar preponderante, no digan que no. La autora maneja símbolos como los vestidos holgados de hippie, la comida sana, un jardín ecológico y encontrar el espacio al que perteneces. La vida de la paciente le mueve recuerdos propios de manera significativa y como en avalancha sus noches se llenan de nombres lejanos. Quizá no alteren su destino, pero su presencia deja ver huecos que creía clausurados.

En Doble filo la prosa fluye suave, firme en su estilo de contar una vida que son dos, con pequeños espacios donde el vino blanco y los bocadillos sirven para aderezar la conversación. Igual hay verdades eternas, de esas que están ahí y se manifiestan en el momento menos pensado, por ejemplo: al "extrañar duele el pecho", y no es alta presión, o "el amor tiene ojos", y son café claro; "no sé qué hacer con las noches animales que a veces me visitan", en efecto, hay una brutalidad en lo oscuro que nada tiene que ver con el apagador y que es la madre de las dudas del mundo; y desde luego que, "no es fácil dormir cuando alguien ha traído una historia a casa", o porta el pelo de zanahoria y toda su cabeza es lenguaje cifrado. Una vez fui despertado por una cabeza de ese color chillante y aún se me escapa su misterio. Quizá no estamos preparados para vivir esos augurios; al menos así se lo tomó la narradora de esta novela. Mónica Lavín propone una acción interesante para las temporadas o los días en que el fastidio amenaza con quedarse para siempre entre nosotros: viajar. La Bruja hace maleta y toma un avión. Hay ciudades que enriquecen la vida y es un deber encontrarlas y vivirlas como si no hubiera otras. Tomen nota, y por favor no olviden que todos tenemos un grado de contaminación por las historias ajenas. En este sentido, la lectura de Doble filo es un divertimento que les va a agradar; propone una gran estación de tren, donde se puede leer, comer y beber como Dios manda, y como bien se sabe, los que obedecemos a Dios somos mayoría.