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Municipios: una rasuradita al presupuesto

POLITEIA

Han pasado ya tres décadas de la reforma constitucional para colocar al municipio en México como la piedra angular de la construcción democrática, la consolidación del federalismo y el asentamiento pleno de la vida republicana. En ese periodo se han producido otras reformas al Artículo 115 para afirmar su condición de eje articulador del cambio, la innovación y la modernización de la vida política, así como su centralidad como escuela de la democracia y garantía de la más amplia participación ciudadana en los asuntos de la vida comunitaria.

Pero estas expectativas se han ido desinflando con el paso del tiempo. Lejos de acercar el ideal de un modelo de autoridad coordinada frente al modelo de autoridad subordinada, y de avanzar en un esquema de coordinación intergubernamental fincado en la autonomía y la responsabilidad compartida, lo que tenemos en la vida municipal es un desastre: municipios fiscalmente exhaustos, incapaces de asegurar una adecuada provisión de bienes y servicios, ausencia de mecanismos de control, transparencia y rendición de cuentas, y subordinación creciente frente a la instancia superior de gobierno.

Tampoco han funcionado como escuelas de democracia. El balance por lo que respecta a la formación de ciudadanía y participación en la conducción de la vida pública, es muy pobre. Los gobiernos locales, en términos generales, han sido campo propicio para un ejercicio patrimonialista del poder político y para disponer de manera discrecional de recursos escasos, sin que frente a esos defectos de nuestra vida pública haya podido oponerse una exigencia cívica de un ejercicio ético. Por el contrario, excesos, arbitrariedades y corrupción, terminan siendo premiados por los electores.

Justamente es lo que acabamos de ver en las elecciones nayaritas. Un candidato independiente a la alcaldía de San Blas, acusado de robo durante una gestión previa, aceptaba sin empacho haber dispuesto de los recursos públicos para beneficio propio, aunque sin haberse servido con la cuchara grande: "¿Que le robé a la presidencia? Sí le robé. Sí le robé. Poquito porque está bien pobre. Le di una rasuradita, nomás una rasuradita. Pero lo que con esta mano me robaba, con la otra se lo daba a los pobres". Pues nada, ganó con más del 40 por ciento de los votos.

En Sinaloa se están revisando ahora las cuentas públicas municipales del segundo semestre de 2013, y los resultados no son para nada agradables. Hablan de la irresponsabilidad en la conducción de la vida municipal, de la libre disposición de recursos como si fuesen propios, de la grotesca especie de piñata en que participan funcionarios electos y no electos a través de generosas autoliquidaciones y que, algunas señales parecen indicarlo así, dará lugar a acciones para regresen esos recursos al erario.

Llama la atención que las autoindemnizaciones y las generosas liquidaciones se hayan producido en los municipios más empobrecidos de la entidad, aunque ya conoceremos la próxima semana cómo se manejaron las finanzas públicas de municipios menos dejados de la mano de Dios. Por si alguna duda quedaba, ahí están lo que seguramente son sólo unos botones de muestra del desaseo financiero de los gobiernos locales, de la corrupción extendida y de la necesidad urgente de poner coto a este manoteo absurdo de recursos financieros que se produce periódicamente, y que por lo general queda impune.

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