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'Noche y niebla'

En el imperio de lo efímero, de lo fugaz, es difícil pervivir. La velocidad de las innovaciones hace caducas una tras otra las más diversas obras. Lo que ayer era digno de ser reconocido como adelantado, audaz, creativo, con el paso del tiempo se vuelve anodino, pasto para el olvido. No obstante, hay expresiones culturales que trascienden a su momento, que se quedan ancladas como referentes obligados, como momentos estelares por su capacidad para impactar eso que de manera un tanto imprecisa llamamos conciencia. Es el caso del cortometraje documental Noche y niebla de Alain Resnais. Con apenas 30 minutos de duración, con un texto de Jean Cayrol y música de Hanns Eisler, Resnais hizo una película memorable, imborrable para quienes la hemos visto. Filmada en 1955, apenas 12 años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, Resnais logró develar y recrear, con sensibilidad y maestría, el horror de los campos de concentración nazis.

Resnais paseó su cámara por los edificios y los pasillos abandonados, las casetas de vigilancia vacías, los barracones sin prisioneros, las alambradas de púas y las cámaras de gas oxidadas del campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Filmó los prados adyacentes, los caminos que desembocaban en él, las vías de ferrocarril desatendidas. Lo hizo con una cámara que avanzaba lentamente, descubriendo los pliegues de las cosas, sus texturas, sus colores, sus carcomidos desniveles. El abandono era el rasgo que marcaba el inmenso complejo. Lo retrató a colores, sin prisas, como quien observa la naturaleza.

Y en un contraste implacable lo editó -en un ir y venir- con fotografías y películas en blanco y negro del pasado criminal reciente. Reconstruyó en unos cuantos trazos la maquinaria homicida que se puso en marcha en el año de 1933 con el ascenso de Hitler al poder y el apoyo y el optimismo de las masas que lo acompañó. La construcción de los campos se hizo como quien edifica un hotel, un estadio deportivo o una fábrica: con conocimiento, pericia, planeación. Los arquitectos diseñan, los ingenieros ponen manos a la obra, los trabajadores levantan con dedicación y esmero. Luego se inician las deportaciones masivas. Desde Varsovia, Praga, Odessa o Bruselas, grandes convoyes de ferrocarril transportan a decenas de miles y miles de personas hacinadas, temerosas, desvalidas. Son multitudes las desterradas: padres e hijos, judíos, gitanos, políticos opositores, homosexuales, criminales del común, encerrados en vagones, "sin día ni noche", marcados por "el hambre, la sed, la asfixia, la locura", trasladados a los campos. Ahí se les clasifica, se les afeita el cabello, se les marca. Están sujetos a una nueva jerarquía que arranca con el comandante del campo, sigue con los oficiales de la SS y "aterriza" en los capos de los barracones. Un mundo nuevo, un mundo aparte, un mundo estrecho, encerrado: de esqueletos vivientes, trabajo y humillaciones, "una sociedad esculpida por el terror", cuya desembocadura es el exterminio planeado, sistemático, fabril. En ese universo, se producen algunos actos de resistencia, de apoyo mutuo, surgen agrupaciones políticas y fórmulas de asistencia a los más desvalidos, pero es la muerte el destino de los más. El exterminio se documenta: a los prisioneros se les fotografía al llegar, se apuntan sus nombres, se lleva la cuenta de los muertos y asesinados. Hay algo maquinal en la operación, un desprecio por los sacrificados que desarma a la imaginación y la sensibilidad. Himmler hace una visita al campo de la muerte como el político que desea ver in situ el cumplimiento de sus instrucciones. Le enseñan maquetas, planes, proyectos. No hay espacio para la improvisación, todo debe funcionar como una máquina perfectamente aceitada. Cuando los aliados entran a los campos descubren bodegas para guardar la rapiña: anteojos, zapatos, peines, joyas, y montañas de cadáveres, cabellos (para hacer tejidos), osamentas (intentaron convertirlas en fertilizantes), cuerpos (para hacer jabón) y hombres que parecen fantasmas. Es -y sé que la frase está desgastada- el infierno en la tierra. Cuándo se interroga a los capos o a los oficiales resulta que nadie es responsable. Solo obedecían órdenes.

El breve documental se alimentaba de múltiples archivos, pero incluía material de los propios registros nazis. Habían filmado y fotografiado a sus víctimas como el entomólogo que estudia a los insectos. Habían guardado en imágenes la vida en los campos como el historiador que quiere que la memoria no se pierda. Habían documentado sus delirios criminales no solo porque pensaban que estaban destinados a triunfar, sino porque creían en su causa: el exterminio de los otros.

Resnais acaba de morir. Tenía 91 años. Si solo hubiese realizado Noche y niebla sería un cineasta inolvidable, conmovedor, necesario. Su obra, por fortuna, es mucho muy amplia. A mí, no obstante, me acompañarán aquellas imágenes que vi por primera vez en los años setenta, unos 20 años después de su primera exhibición.

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