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Opinión

Éxitos y fracasos

Por Nora Valenzuela

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¿Por qué se esfuerza por lograr algo? Esta es una pregunta clave cuando queremos comprender por qué queremos hacer tal o cual cosa, o por qué no deseamos hacerlo, es decir, cuando reflexionamos sobre las causas de nuestros éxitos y fracasos. También cabría preguntarnos por qué nos esforzamos por lograrlo en determinados contextos, como el hogar, la escuela, el trabajo. En esta ocasión comparto con ustedes respuestas posibles con base en dos autores; por supuesto, son más quienes han propuesto una teoría sobre la motivación, pero excedería la intención de esta reflexión. Lo que mueve a una persona por lograr algo es, en esencia, una razón combinada: lograr el éxito y evitar el fracaso. Lo interesante es que volvamos la mirada hacia nuestra historia para hurgar por qué hemos logrado esa meta deseada en otros momentos, cuáles son las causas a las que atribuimos el haber hecho tal o cual cosa exitosamente. Weiner propone cuatro causas: Capacidad, esfuerzo, suerte, y dificultad/facilidad de la actividad o tarea. Ahora bien, identificar la causa es tan relevante como distinguir sus propiedades. Veamos. La primera propiedad es el “locus” o lugar de origen del éxito o fracaso. Esto es, las causas pueden ser internas porque dependen de cada persona, o pueden ser externas porque no dependen de la persona. Entre las causas internas están la capacidad y el esfuerzo, y entre las externas están la suerte y la dificultad, entendiendo que la dificultad está en función de lo que solicita otra persona, como el profesor en el contexto escolar, el jefe en el contexto laboral, padre y madre en el contexto familiar, entre otros escenarios.

La segunda propiedad es la controlabilidad, que refiere a cuánto control tiene la persona para lograr algo (nada, poco, mucho). El nivel o intensidad está en relación con la distinción de si el control es voluntario (depende exclusivamente de la persona), o involuntario (escapa de la persona y requiere ayuda de otros). En este sentido, el autor afirma que la suerte y la dificultad, las dos causas externas, son incontrolables para la persona, mientras que el esfuerzo (causa interna) es controlable porque depende de la persona. ¿Qué pasa entonces con la segunda causa interna, la capacidad?, ¿es o no es controlable? Al respecto, el autor Covington indica que es fundamental que la persona se perciba como capaz, con autovalía, es decir, que se conciba con capacidad y mentalidad para incrementarla; cuando la persona es menor de edad, tan importante es la capacidad como el esfuerzo, son interdependientes y, con la guía del docente pueden ganar cada vez mejor control de su capacidad con base en estrategias de aprendizaje. En la edad adulta, la persona suele otorgar más valor a la capacidad, aunque es vital su alianza con el esfuerzo, y pueden lograr mejor control mediante el pensamiento estratégico. Ahora bien, el éxito o fracaso que vemos en nuestra historia está acompañado de pensamientos (valoración cognitiva) y emociones (reacción afectiva) que influyen en la motivación. Veamos seis casos que pretenden ejemplificar los conceptos que nos ocupan; la persona a la que hacemos referencia en cada caso puede ser alumna o alumno en el contexto escolar, o un colaborador en el contexto laboral, incluso hija o hijo en el contexto familiar. 

Caso uno. La persona tiene éxito por su capacidad y esfuerzo, por lo tanto valora el resultado con la emoción de orgullo. Mantiene su conducta motivada para próximas metas.

Caso dos. La persona fracasa por falta de esfuerzo (controlable), y valora el resultado con culpa. Es probable que la persona lo afronte como un desafío y lo motive para intentar de nuevo lo que desea (conducta de aproximación a la meta).

Caso tres. La persona fracasa porque se percibe con poca capacidad o incapaz, valora el resultado con vergüenza y su autovaloración es negativa. Es probable que la persona se sienta inhibida y, lejos de sentir motivación, su conducta será de retirada del camino de logro porque lo percibe como una amenaza (conducta de evitación de la meta). Quiere evitar que otras personas lo vean como incapaz.

Caso cuatro. La persona tiene éxito debido a la suerte o la dificultad/facilidad de la actividad (causas externas a la persona e incontrolables), el resultado lo valora con gratitud porque no depende de su voluntad; no obstante, aunque la suerte sea la causa, es deseable que la persona interprete que no necesariamente eso puede volver a ocurrir, de tal forma que requiere ajustar su conducta si desea tener éxito a futuro en una meta equivalente.

Caso cinco. La persona fracasa debido a la suerte o la dificultad de la actividad (causas externas a la persona e incontrolables), la valoración del resultado es de ira o enojo, de modo particular porque es “otro” (docente, jefe, compañero de equipo, mamá o papá, por ejemplo) quien determina las características de la actividad y la persona las valora como de alta dificultad; justo porque esta situación puede volver a ocurrir en ese contexto, lo deseable es que la persona valore cómo ajustar su conducta si desea tener éxito a futuro en una meta similar con ese “otro”. Cuando se trata de menores de edad, esta ira o enojo puede acompañarse de lo que coloquialmente conocemos como “berrinche”.

Caso seis. Imaginemos a la persona no solo en un momento en su historia, sino en todo un periodo de tiempo, por ejemplo un mes, semestre, ciclo escolar. Veamos entonces otra propiedad de las causas, la estabilidad, es decir, si la persona percibe las causas como constantes o cambiantes en un periodo de tiempo. Si la tendencia que se observa es una persona que ha tenido éxito en ese lapso temporal, a su valoración se añade la emoción de esperanza porque los éxitos pasados, ocurridos varias o muchas veces, otorga cierta garantía de éxito futuro. Incluso, puede ser que la persona identifique esa tendencia de estabilidad en ciertas asignaturas o áreas disciplinares y en otras no (por ejemplo, una historia de éxitos en español, pero no en matemáticas, o viceversa), o bien, en un tipo de actividad y en otro no (por ejemplo, más éxito en actividades de elaboración y menos en las de exposición), o en modalidades de aprendizaje (más éxito en ambientes cooperativos que en ambientes competitivos). Por su parte, la tendencia hacia un sentido opuesto sería de desesperanza en una historia donde el resultado frecuente es el fracaso, reforzando la creencia de nuevos fracasos a futuro.

¿En cuáles casos cree usted que la persona está en situación de vulnerabilidad? Sirvan los seis casos -puede haber más- para que distingamos las propiedades de las causas y cómo influyen en la valoración cognitiva y emocional que realiza la persona, valoración que a su vez determina las expectativas: ¿Puedo tener éxito a futuro, continuará el fracaso, puedo aprender del fracaso? En este sentido, le invito a plantearse los siguientes cuestionamientos: ¿En cuáles casos se presenta un patrón adaptativo, es decir, que la persona está dispuesta para seguir esforzándose y perseverar hacia el logro de una meta? ¿Cuáles casos representan un patrón desadaptativo? En cualquier escenario, y sobre todo cuando se trata de menores de edad, es necesario enseñarles a interpretar la valoración de sus experiencias de tal forma que vean un cambio posible hacia la mejora, que confíen más en su capacidad y esfuerzo, y pongan en práctica estrategias que favorezcan el aprendizaje autorregulado. Cuando son menores de edad, en la decisión de qué hacer influye mucho la persona a cargo del ambiente donde se suscitan los éxitos o fracasos, sea docente, madre o padre de familia, entre otros adultos. Cuando se trata de personas adultas, aunque pueden pedir ayuda, dicha decisión depende de modo exclusivo de cada quien; en este sentido, le invito a reflexionar sobre su trayectoria de éxitos y fracasos, ¿cómo han ocurrido? Ojalá sigamos el ejemplo de quienes nos han mostrado que sí sabemos, podemos y queremos. 

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