Opinión

Notas para un balance del año que termina (y 2)

Por: César Velázquez

Concluía mi colaboración del jueves pasado señalando que en la perspectiva inmediata el gobierno debería enfatizar en la necesidad de profundizar una agenda reformista con el consenso de los actores políticos, sociales y productivos. Ciertamente, decía, la coyuntura es poco propicia para tal propósito dado el ambiente de crispación y polarización que empieza a advertirse aún sin iniciar formalmente las campañas, pero al menos debería intentarlo. Lo puede hacer porque una de sus tareas es la construcción de capital social.
Pero el caso es que el capital social son redes de confianza y de colaboración social. Una campaña electoral cruzada por numerosas tensiones es, entonces, lo más lejano de este propósito. Lo que impera no es el discurso conciliador, el diálogo, el reconocimiento recíproco de los adversarios, sino la exclusión. Dígalo si no, el hecho de que, por ejemplo, un funcionario ocupado en tareas de gobierno llame “viejo guango” a López Obrador, y este, a su vez, llame alcahuetes y cínicos a los árbitros de la contienda electoral.
Es cierto que nadie debe asustarse por el lenguaje endurecido de los contendientes. “Qué florecitas ni qué amores míos”, diría un viejo militante de la izquierda acostumbrado al descontón verbal. Sin embargo, ello en nada ayuda a un diálogo esclarecedor de nuestros problemas como colectividad y, peor aún, cuando lo que impera es la frivolización, la cauda de lugares comunes y la ausencia de las más elementales propuestas. Ese es el panorama desolador que tenemos ante nosotros en el inmediato horizonte temporal.
Pero esto es lo que hay, y en nombre de la libertad de expresión escucharemos todos los improperios publicables y no publicables. Ciertamente, como ya lo reconoció la Suprema Corte de los Estados Unidos hace más de medio siglo, “el debate sobre los asuntos públicos debe ser desinhibido, robusto y abierto”, al tiempo que se ejerce la crítica de manera “vehemente, punzante, y a veces desagradablemente mordaz”. Ojalá fuera así en el caso mexicano de hoy, pero aquí lo que parece primar es el insulto y la descalificación.
Tal es, desafortunadamente, la cultura política que tenemos. Y me temo que en medio de una sociedad --o de un sector que acostumbra a hablar en nombre de ella— agraviada, malhumorada, irritada, ese discurso incendiario, apocalíptico, encuentra campo propicio para su propagación.  Construir ámbitos de diálogo para el entendimiento se vuelve tarea gigantesca, y ojalá algunos de nuestros actores principales apostaran por esta vía.
El año que concluye dio cuenta de las fortalezas y debilidades de eso que llamamos sociedad civil. Su peso e influencia en la vida pública no alcanza a ser decisivo para establecer controles o contrapesos efectivos al ejercicio del poder, y en el marco de la contienda puede encontrar espacio para avanzar en la construcción de la autonomía e independencia de actores sociales. 
El 2018 a la vuelta de la esquina.- Esta es la última colaboración en este 2017. Ha sido un año de aprendizaje, de diálogo e intercambio con muchos de mis lectores, que me han expresado sus coincidencias, desacuerdos y divergencias, siempre en un plano respetuoso, que mucho agradezco y reconozco. Espero que en 2018 sigamos caminando por esa ruta. Con ese propósito, cierro estas líneas deseando a todos lo mejor de lo mejor.