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Opinión

Nuestro Bellas Artes

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Por: Guadalupe Loaeza

La primera vez que fui al Palacio de Bellas Artes tenía 12 años. Corría el año de 1958.

-¿Quieres venir a ver Mi bella dama al teatro de Bellas Artes?, me preguntó mi amiga Gabriela Anisz.

-¡Claro que sí!, le contesté entusiasmada.

-Híjole, es que también le dije a Lucía Nieto y no pueden venir las dos. Nada más tenemos boletos para mi mami, para mí y una amiga. Ya no hay boletos, están agotados. Es que la obra es con Manolo Fábregas el que sale en la tele.

-¿Qué hago para ir?

-Regálame tu pluma fuente Esterbrook, color coral.

-¡No, Gabriela! Esa pluma es única.

-Entonces no puedes venir... Además, yo invité primero a Lucía. Ni modo... Tú te lo pierdes...

No podía no ir. Me encantaba Manolo Fábregas. Me había enamorado de él, aunque salía de Judas, en la película El mártir del calvario. Lo había visto interpretar el papel de maestro en un colegio de monjas con Mapita Cortés. Me encantaba. Además era una oportunidad de conocer Bellas Artes, un teatro tan elegante, construido todo en mármol que por las noches brillaba tan bonito. Todo el mundo hablaba del telón de cristal de Tiffany, de Nueva York, que había costado millones de dólares. Decían que era único en el mundo porque mostraba con luz propia los volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Me moría de ganas de conocer ese palacio, en donde hacía muchos años se habían presentado "Los Niños Cantores de Viena". Mi padre, como buen melómano que era, recuerdo que hizo lo imposible por conseguir boletos para escuchar a Claudio Arrau y Arthur Rubinstein. Para entonces yo no había nacido. Pero mucho tiempo después seguía comentándoles a sus hijos esa función que lo había conmovido hasta la médula. De lo que sí me acordaba muy bien era de cuando mis padres habían ido a escuchar a María Callas. Esa noche mi madre se había puesto su vestido negro de gala y sus aretes largos de perla de calabacete. Se veía guapísima. Creo que esa noche la Callas cantó Aída, de Verdi, y, como un homenaje a Ángela Peralta, entonó una nota altísima, aparentemente un re sobreagudo como los que llegaba a alcanzar la Peralta. Parece que el público se deshizo en aplausos. Al otro día, mi mamá le contó a su amiga de toda la vida, Lupita de la Arena, que estaba todo México en Bellas Artes. Que las señoras habían ido elegantísimas, todas enjoyadas, con sus abrigos y estolas de mink. Tenía que ir a Bellas Artes. Tenía que presumirles a las "chicas" del colegio Francés que había ido a ver My Fair Lady, como decían las más chocantes. Tenía que salir fotografiada en la sección de sociales de Excélsior. A lo mejor hasta aparecía mencionada en la leidísima columna de Agustín Barrios Gómez. Además, ya tenía un vestido precioso azul claro que me había hecho Otilia, la costurera, con su cinturón de hebilla dura. La verdad que se me veía muy bonito. Recuerdo que era de manga tres cuartos de tafetán de seda. Ya tenía mis zapatos de charol negro de "El Prototipo de la moda". Eran monísimos, de trabita de tacón "muñeca". A como diera lugar, tenía que ir a Bellas Artes para darme cuenta de lo que era el estilo Art Déco, del que tanto hablaba doña Lola. Tenía que ver de cerca las maravillosas esculturas que representan, nos había dicho la madre superiora, la armonía, la poesía y la inspiración. Tenía que conocer el amplísimo vestíbulo que había visto tantas veces en fotografías con los murales de Siqueiros, Rivera, Orozco, Tamayo y González Camarena.

-Entonces, ¿qué?, ¿aceptas el trato? O ¿invito a Lucía Nieto?

-¿Qué le vas a decir a Lucía si ya la invitaste?

-Que no me acordaba que te había invitado a ti primero.

-Ay, Gabriela, me pides lo que más quiero en el mundo, mi pluma fuente Esterbrook. Me tardé un año en conseguirla. Ya no existen. ¿A Lucía no le pediste nada a cambio, ¿verdad?

-No.

-¿Y por qué a mí sí?

-Porque quiero una pluma como la tuya. Si no te decides a las tres... Olvídate de ir a Bellas Artes... Una... dos y a las... a las...

-Está bien, está bien. Te doy mi pluma a cambio de ir a Bellas Artes.

Nunca olvidaré esa noche. Fue un espectáculo maravilloso. Manolo Fábregas de Mr. Higgins estuvo increíble y la cantante duranguense María Cristina Rojas Sandoval, de Eliza Doolittle de Mi bella dama (basada en la novela Pigmalión de George Bernard Shaw), cantó precioso. En el coro cantaba un jovencito llamado Plácido Domingo.

Desde entonces, Bellas Artes se convirtió para mí en el palacio de mis sueños de adolescente.

gloaezatovar@yahoo.com