Opinión

Obispado de Sonora

Por: Marco Antonio Berrelleza

El 10 de agosto de 1769, se expide la real cédula que crea el obispado de Sonora, motivada por la expulsión de los jesuitas. Diez años más tarde (7 de mayo de 1779) Pío VI expide la bula de fundación, quedando bajo su jurisdicción las provincias de Sonora y Sinaloa y las dos Californias. El franciscano fray Antonio de los Reyes fue nombrado el primer obispo (1 de mayo de 1783), quien fijó su residencia en Álamos, a pesar de que la bula señalaba a la villa de Arizpe.

Su sucesor (fray José Granados Gálvez: 1788-1794) también radicó en Álamos. El tercer obispo, fray Damián Martínez de Galinsoga (1794-1795), estableció su sede en el mineral de Rosario. A partir del cuarto obispo, fray Francisco Rousset de Jesús (1796-1814) la sede se estableció en Culiacán, según el gran historiador sinaloense don Antonio Nakayama, “no porque esta ciudad les ofreciera más ventajas que otras del obispado, sino por el hecho de que siendo el centro geográfico de la diócesis, les era más fácil comunicarse desde allí con los curas más distantes”.

Le siguieron, el doctor Lázaro de la Garza y Ballesteros (1838-1850), Pedro Loza y Pardave y José de Jesús María Uriarte y Pérez. Uriarte y Pérez fue el séptimo obispo de Sonora y primero de Sinaloa, ya que en 1883 se erigió el obispado de Sinaloa. Como en el resto del país, en Sinaloa la historia del clero es de vital importancia.