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Ocho minutos con Álvaro Corcuera

Una entrañable amiga, familiar de él, me dijo que Álvaro Corcuera quería hablar conmigo. Yo había leído que se encontraba muy mal de salud, al filo de la muerte. Lo llamé el domingo por la mañana y el propio Álvaro, el padre Corcuera, el joven sucesor de Marcial Maciel en los días funestos de la Legión de Cristo, me lo confirmó. Tumor cerebral metastásico, entendí. Nada que hacer ya con radiaciones ni quimioterapias. Quizá una última cirugía. Quizá.

Por eso sentí que fue la charla de despedida con un hombre al que vi una sola vez, marzo de 2010, entrevisté una sola vez, también por esos días, y con el que habré conversado una o dos ocasiones por teléfono.

No percibí culpabilidad en sus palabras, tampoco que se sintiera con el derecho de levantar una acusación en contra de alguien. Lo que escuché fue el refrendo de sus palabras de 2010, la autocrítica, la obligada disculpa por los actos reprobables y terribles de Maciel. Volvió a citar a Einstein con sentido teórico: la crisis es una bendición, porque la crisis trae progreso. La crisis en donde nacen la inventiva, los descubrimientos, la virtud. La crisis en donde siempre puede aflorar lo mejor de cada uno.

Difícilmente tocará al padre Corcuera saber si los crímenes de Maciel y las crisis demoledoras que trajeron devendrán en una gran obra, como prometen los Legionarios.

Se despidió con amabilidad extrema. Y creo que como el personaje de Márai que, en un último encuentro, consigue contar algo con exactitud, agrupar sus ideas y pensamientos de manera clara y concisa.

En ocho minutos.

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