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PRI: ¿dominación democrática?

En su 85 aniversario, el PRI se ve en magnífica forma y muy bien posicionado, sobre todo en contraste con la debilidad y divisionismo que prevalece en sus partidos rivales.

El PRI podría aspirar a convertirse en un partido dominante democrático, es decir, triunfando en condiciones de competencia y competitividad real. Ya es dominante hoy por hoy, pero la figura de dominancia democrática implica también estar en el gobierno por amplios periodos de tiempo, lo que es atípico en una democracia (pues la alternancia siempre está a la vuelta de la esquina). Hay cierto parentesco y similitudes entre un partido hegemónico, como lo fue el PRI, y uno dominante democrático, como lo han sido en distintos momentos el Partido Social-demócrata sueco, el Liberal Democrático de Japón, y el Partido del Congreso de India. En tales casos surge un círculo virtuoso que favorece la continuidad del partido en el poder, sea por aciertos en sus gobiernos, sea por la debilidad, divisionismo e inexperiencia de la oposición, y también cuentan las amplias redes clientelares que se van construyendo con el tiempo (y que inciden, desde luego, en el resultado). Todo ello lo ha tenido el PRI en diferentes momentos de su historia (aunque no siempre). Y a esa dominación se le llama democrática porque la prolongación en el tiempo de un partido en el gobierno se da en condiciones suficientemente competitivas, de modo que el triunfo del partido dominante no puede atribuirse a magno fraudes (con chivos y guajolotes de por medio) o a una fuerte vinculación orgánica entre partido y Estado, como sí ocurre en los partidos hegemónicos y únicos.

Precisamente por tales similitudes es que el PRI gustaba de presentarse como dominante, pues es compatible con el juego y las condiciones democráticas de competencia. Pero también hay un abismo de diferencia entre ambos tipos de partido: el dominante no controla mayorías calificadas en el Congreso, no tiene todos los gobiernos estatales (aunque sí la mayoría), y podría perder incluso el control de la capital (en Japón el partido perdió la capital en 1964, a nueve años de haber llegado al poder, no hubo de esperar 70 años). Y la alternancia es una posibilidad real, aunque durante años sea poco probable. Si vemos la situación en la que está el PRI hoy en día, no es ya ni de lejos el partido hegemónico (que perdió en 1997), pero sí partido dominante. Controla mayorías relativas en el Congreso y la mayoría de los gobiernos estatales. Sigue siendo el único partido con presencia nacional en todos los estados (aunque en el DF ha estado de capa caída por años). Pero dicha dominación ya no responde a su vínculo estructural con el Estado (la "sana distancia" de Ernesto Zedillo), sino a su fuerza política y estructural real, y a la relativa debilidad y fraccionamiento de la oposición.

El PRI pudo haber pasado de partido hegemónico a dominante democrático —sin perder el poder— de haber aceptado la plena competitividad en los años de Miguel de la Madrid, por ejemplo, y no hasta 1997 (que fue preludio de su derrota). Pero ahora, de regreso en el poder, tiene posibilidades de asentar su dominación por varios años más. Y en esa medida, podría construir una auténtica dominación democrática, algo que a la mayoría de la población no gusta, pero que el PRI quizá podría lograr. Por lo pronto, si hay un desempeño más o menos bueno en lo que resta del gobierno en diversos temas, y si la oposición continúa con su divisionismo, el 2018 será pan comido para el PRI. Es difícil, sin embargo, que en las actuales circunstancias y los graves problemas sociales y económicos del país, el PRI pueda de verdad prolongar su dominación demasiado tiempo. Eso depende del desempeño del PRI en el poder. La oportunidad está ahí, pero tiene que comportarse de manera muy distinta a como lo hacía cuando era hegemónico, algo que las condiciones políticas e institucionales lo obligan a hacer, aun contra su voluntad. Su unidad y disciplina vertical, que recuperó con la Presidencia (la "sana cercanía" de César Camacho), no son incompatibles con la competencia real y los contrapesos institucionales afuera del partido. Por el contrario, le permiten un mejor desempeño en esas nuevas condiciones. Hay pues una oportunidad para consolidarse como partido dominante democrático, pero algo que sí tendría que hacer para ganar esa posición es una lucha seria y sistemática contra la corrupción —lo que no hizo el PAN—, algo que todavía no se ve, pues se ha mantenido como simples golpes mediáticos sin consecuencias reales en el amplio entramado de la corrupción política y privada. Sin duda que eso sería bien recompensado en las urnas.

@JACrespo1