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Para leer no hay tiempo

AKANTILADO

Un histórico y mítico enemigo de la lectura es el tiempo. Esto lo dicen aquellos que no leen. Hoy en día se argumenta que para leer no hay tiempo, pero curiosamente quienes lo afirman son los mismos (los que no leen) que en todos los tiempos han dicho que no hay tiempo para perder el tiempo, o sea, para leer. "En las sucursales bancarias de la ciudad de México, por ejemplo, las largas filas para realizar un pago o cobrar un cheque puede hacer que las personas inviertan hasta una hora de su tiempo, y durante esa hora, 99.9 por ciento de quienes esperan el servicio lo hacen mirando al techo o las paredes o viendo anuncios comerciales en monitores de televisión" (Juan Domingo Argüelles, ¿Qué leen los que no leen?, Paidós, 2003), no obstante eso, para leer no hay tiempo. Para qué escandalizarse, también en las inolvidables filas de la universidad (jardín del saber) se mira al techo o al piso hasta por tres horas.

En la actualidad sólo tiene valor la lectura informativa, aquella que con el mínimo esfuerzo, sin mucha pérdida de tiempo y con poca profundidad, informa lo necesario a los profesionistas. Una lectura cuyo valor reside en el disvalor de la eficacia mercantil: leer para ser superior, y ser superior para ganar más dinero. Una lectura rápida y a la mano (no es casual que los manuales sean tan útiles a los utilitaristas), de diccionario.

Como no tiene tiempo, el profesionista sólo alcanzará, si bien le va, a leer los libros de texto básicos para su carrera; si son diez, pues diez serán los que el profesionista no lector hojeará para "prepararse". No perderá el tiempo en otras lecturas, no volteará ni siquiera de reojo a otras disciplinas; la vida moderna y rápida exige concentrarse en la propia especialidad, no traspasar el alambrado que cerca –alejándonos de otras experiencias– nuestra parcela, ya que sería tanto como invadir una propiedad privada del conocimiento.

El abogado, hombre de leyes, figura rígida que carga bajo el brazo el conocido axioma Dura lex, sed lex, no debe leer poesía, ese asunto de amanerados, perdería el tiempo en lecturas placenteras que padecen el estigma de la inutilidad. Debe recurrir a lecturas que no lo deformen, sino que lo formen: sus códigos, y ese recetario de dogmas que, en muchas ocasiones, son los libros de doctrina. Y toda esta catástrofe porque no hay tiempo.

Pero volvamos al otro asunto: los que no leen. Escribe el poeta Juan Domingo Argüelles (Chetumal, Quintana Roo, 1958): "Pongámonos de acuerdo. Convengamos en pensar y decir que quienes no leen se pierden de un mundo extraordinario. Pero todos los mundos son extraordinarios si para cada uno así resultan ser al vivir en ellos". De esta sencilla y clara premisa deviene la terrible conclusión que tanto incomoda a los dogmáticos: el gozo de leer es tan respetable como la libertad de no hacerlo; sería necio y discriminatorio no reconocerlo así. Claro, quienes creemos en ese mundo extraordinario de la lectura, esperamos que se desate la epidemia de la conversación libresca y se contagie el ánimo de leer; ese pasatiempo de libertinos.

¿Los que no leen, leen? Sí, sí leen. Pero ¿qué leen los que no leen? "Los que no leen, leen cómics (rosas y porno), fotonovelas, revistas especializadas en la farándula y la frivolidad, ocasionales best sellers que tienen que ver con historias que ponen de moda el cine y la televisión, etcétera"; y continúa diciendo Juan Domingo: "los que no leen, leen lo que está cerca de su realidad o lo que sienten propio entre sus fantasías". Buscan, pues, los textos de su contexto.

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