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Para navegar la transición

Los pendientes de la gobernabilidad reclaman no solamente acciones del Estado, sino una integración diferente de sociedad y política. Aunque parece una utopía, no hay otra ruta transitable si, a pesar de las dificultades, se ha de mantener la democracia como sistema. En lo inmediato se enfrenta inseguridad, violencia, estancamiento, desempleo, pobreza, corrupción y desprestigio de la política como fallas de gobierno. Aunque los indicadores de la criminalidad oscilan por regiones, no hay alivio cierto; parece un juego de transfiguraciones continuas en una sucesión de territorios y estrategias que llevan a ganar el control en unas partes a perderlo en otras.

La corrupción no cede. En estas páginas, varios especialistas en la materia han insistido en que la carencia de regulaciones, de amenazas creíbles de sanción y una tradición que ha contagiado a los actores políticos que se creían libres de culpa y antes tiraban la primera piedra, conspiran para impedir que las asociaciones y connivencias delictivas contra los intereses del público sean contrarrestadas, así sea gradualmente, del funcionamiento de la economía y la política. La reducción efectiva y palpable de la corrupción es tan importante para reactivar la economía como la reorganización de la economía pública que está teniendo lugar en educación, energía y telecomunicaciones.

La primera ha tocado y esperemos que sea de muerte, la monstruosa y espuria imbricación de las organizaciones del magisterio con el erario y la política educativa. Si la legislación secundaria introduce una organización institucional adecuada, la reforma en energía puede llevar a reactivar el sector y a ordenar, bajo un paradigma nuevo, las relaciones laborales que ponga por encima los intereses del país, no los de las corporaciones, ni los de las grandes empresas multinacionales, aunque respete los derechos de los trabajadores y sepa gobernar y no ser gobernada por la asociación con las empresas privadas. Finalmente, si la regulación en telecomunicaciones lleva a desmontar las prácticas monopólicas y oligopólicas de sector, y abrir paso a un sector de medios públicos en telecomunicaciones, en los que la sociedad pueda expresarse genuinamente, se dejará atrás un pasado aldeano y premoderno.

Pero todo esto no puede hacerse solamente desde la política, aunque esta esté haciendo su parte en la difícil búsqueda de acuerdos entre las fuerzas más representativas del electorado. Es indispensable que la sociedad organizada y dispuesta a participar en el proceso democrático presione, apoye, critique, oriente y deje su huella. Lamentablemente la canalización de esta participación no la realizan los partidos políticos existentes ni en formación. En especial es preocupante la postración de la izquierda resultante de sus divisiones sectarias y los caciquismos imperantes en sus corrientes. Es increíble que las figuras contantes y sonantes de la izquierda se reduzcan a dos grandes controladores: Cárdenas y López Obrador, mientras que las promesas jóvenes y ya no tanto sean taponeadas y no puedan desarrollar propuesta ni liderazgo; que estén paralizados para tomar iniciativas frescas y someterlas al público con libertad, sin amenaza de castigo por salirse de la "línea" sagrada. La postración endógena de la izquierda democrática (de la otra mejor ni hablar) y no el juego político a que esta está sometida por parte de sus adversarios es la principal causa de su falta de crecimiento relevante, así aleguen lo contrario los plañideros en sus filas. Mientras no se sacuda estas dos taras: sectarismo y caciquismo, la izquierda no contribuirá más a la transición sistémica que se vive en el país, lo que es y será malo para ella y para la transición. Urge una nueva manera de mirar las cosas. Los datos están a la vista. Veamos quién los sabe leer.