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Partidos políticos: repele y desconfianza

Hace un par de semanas creció el número de partidos nacionales en México. ¿Se renovó con ello la oferta de ideas, perfiles y prácticas políticas? Me temo que no. La figura de un partido político en nuestro país es una oferta que no responde necesariamente a una demanda de mercado. De todas maneras, para quien aspira al poder o al menos desea incorporarse en la contienda electoral y está dispuesto a adaptarse a las reglas actuales para conseguirlo, poco debe importar ofrecer un proyecto innovador con verdadera representación política.

Para los que entienden la representación como un mero añadido del ejercicio de su poder y no como el punto de partida que los legitima, entrar en el juego de conformación de partidos suele ser conveniente.

Es un trámite que a pesar de azaroso no requiere demasiadas ideas ni compromisos precisos. Si partimos de que sólo el 19% de la población mexicana siente confianza por los partidos políticos —como lo señala la encuesta nacional en vivienda, realizada por Parametría este mismo año— construir militancias improvisadas y realizar asambleas masivas implica una destreza populista aguda y distribución de recursos que en cambio no fomenta la formación de masa crítica.

Cualquiera de los que aspiramos a la consolidación democrática entendemos que los partidos políticos son un eje medular de un sistema de representación. Por ello es lamentable que la pasada reforma electoral no planteara con seriedad la posibilidad de transformar seriamente el sistema de partidos que evidentemente produce organismos con militancias artificiales y con procesos de decisión cercados para la ciudadanía. A pesar del irrebatible rechazo que la sociedad muestra por los partidos, 21 agrupaciones políticas solicitaron al Consejo General del INE el registro oficial como partido político. Los integrantes de estas agrupaciones deben ser parte de este optimista 19% que ve con buenos ojos a los partidos políticos tal cual los conocemos hoy en día.

Lo que quizá pueda modificar un poco el escenario de clivaje político en el largo plazo sea el debilitamiento del Partido Acción Nacional y del Partido de la Revolución Democrática, lo que definitivamente será un buen escenario para el Partido Revolucionario Institucional que requiere de pronta recuperación con la caída imparable de la imagen de Enrique Peña Nieto ante la opinión pública. Otra posibilidad es que sea el PAN quien en un futuro lamente terriblemente encaminarnos a un sistema bipartidista en el que para su asombro, posiblemente se reacomode como tercera fuerza. La reforma política que tanto le enorgullece haber promovido no sólo marginó por completo otros mecanismos de participación política para ciudadanos apartidistas, sino que reiteró la representación maniquea de masas maiceadas. Una vez con la soga en el cuello, el PAN tendrá en Morena a un contendiente que no imaginó.

Aún concediendo el beneficio de la duda resulta improbable que con las mismas reglas de conformación de partidos, los resultados puedan ser muy distintos a lo que tenemos. Mientras la apuesta sea reunir listas impresas de miles de afiliados concentrados en un mismo espacio físico, sin que esto implique algún compromiso, formación, distribución de tareas y construcción de proyectos colectivos, el acarreo camionero será la estampa de nuestra política partidista. No habrá de sorprendernos que las plataformas y los actores protagónicos de estos nuevos partidos: Movimiento de Regeneración Nacional, Partido Humanista y Partido de Encuentro Social, resulten en una composta muy bien reciclada que para efectos de política pública y deliberación legislativa nos paguen con la misma monedal.

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