Conéctate a El Debate

O conéctate con...

Usuarios registrados

Cancelar

Piden PAN, no les dan…

Había una vez un partido ejemplar en el que las reglas, la libertad, la autoridad moral de sus dirigentes, la democracia interna eran todas moneda común. Un partido con el que podía uno estar o no de acuerdo, pero al que no se le podía regatear su congruencia, su fidelidad casi obsesiva a la legalidad, su valentía para enfrentar al gobierno entonces todopoderoso, su capacidad para interesar a ciudadanos de clase media que buscaban un cambio en el país.

Desde su fundación en 1939, hace la friolera de 75 años, el PAN se caracterizaba por ser un partido de optimistas irredentos que pensaban que al régimen del entonces partido casi único y preponderante se la podía cambiar de acuerdo a sus propias reglas. Que a la antidemocracia y el fraude electoral se les podía oponer una organización de ciudadanos que buscaban precisamente ir a las urnas, votar, ganar en un terreno en el que el partido de Estado tenía absolutamente todo a su favor. Esa es convicción democrática.

El PAN fue logrando pequeños avances, victorias que muchos consideraban pírricas o que legitimaban al régimen y a sus trampas electorales. A mediados de los años 40 logró ganar su primera alcaldía y después la primera diputación federal, pero tuvo que pasar casi medio siglo para que lograra por fin imponerse y colocar a uno de sus candidatos al frente de la gubernatura de un estado, Baja California, misma que no han perdido desde entonces.

Fue a partir de ese momento que el PAN se fue consolidando como la segunda fuerza electoral en un México que comenzaba tímidamente a adentrarse a la democracia competitiva. Con décadas de experiencia y organización tras de sí, no le costó trabajo establecerse como contrapeso al gobierno de Miguel de la Madrid primero y de Carlos Salinas después, no obstante el éxito momentáneo de la candidatura rebelde de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988.

A diferencia de una izquierda históricamente fracturada y dividida, el PAN supo presentar un frente sólido y unido y convertirse en interlocutor, aliado, opositor principal, negociador y fiel de muchas balanzas en los 12 años que siguieron al sobresalto de Cárdenas. Paradójicamente, el mayor avance electoral de la izquierda, recién salida de las sombras del clandestinaje y la represión del régimen, fue mayormente aprovechado por la oposición de derecha, que logró avances no solo electorales, sino también en la agenda gubernamental, que jamás hubiera imaginado.

Y entonces le cayó encima la maldición. Recién cumplidos sus 60 años se cumplieron todos sus deseos, y ganó la Presidencia, con un candidato que sin ser un panista de cepa sí personificaba los peores defectos atribuidos entonces al PAN: provinciano, de mente estrecha, sin visión de Estado, religioso al extremo, desconocedor de la historia nacional… Ya después Fox se encargaría de demostrar al respetable público que esos eran los menores de sus defectos. Con él la leyenda del cambio pasó de ser un cuento de hadas a mala película de terror.

Felipe Calderón en cambio sí era un panista de cepa, pero durante su gobierno se demostró que el PAN en el poder era muy, pero muy distinto del partido que describí en los dos primeros párrafos de este artículo. La corrupción, los juegos de poder, las intrigas y las grillas internas se adueñaron del partido que se decía el más puro, unido y congruente de México.

Escribo estas líneas al cierre de la jornada en que los militantes del PAN habrán elegido a su nuevo dirigente. No obstante la hora, no se cuenta aún con resultados preliminares, pero sí es evidente la descomposición interna de ese partido. Una campaña sucia, descortés, ofensiva ha concluido en una jornada igual, y la gran pregunta a esta hora no es quien ganará, sino si el perdedor aceptará su derrota o se dirigirá a los tribunales.

El Partido Acción Nacional, en plena ruta hacia la autodestrucción.

[email protected]