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Plaga de asesores

A mediados del siglo pasado la canalización del río Santa Catarina protegió a la ciudad de inundaciones y creó riqueza urbana y patrimonio universitario con los terrenos rescatados.

La avenida Constitución, sobre los terrenos rescatados, condujo el tráfico de entrada y salida poniente-oriente y propició una estructura de ejes viales que aún mueve la zona metropolitana. La Ciudad Universitaria aglutinó a una universidad dispersa, a la que le dio una identidad y una ruta de desarrollo y crecimiento.

La presa de La Boca salvó a Monterrey de la muerte por sed. La carretera Linares-Galeana-San Roberto conectó el abandonado sur de Nuevo León con la capital, propiciando el tráfico de personas, recursos y mercaderías, lo que de muchas maneras mejoró la vida de los nuevoleoneses del sur.

El drenaje pluvial, un aeropuerto nuevo y más ejes viales en Cuauhtémoc, Colón, Pino Suárez, Gonzalitos, fueron conformando una nueva figura urbana, que se expresaba en un complejo vial, quizás el primero digno de ese nombre, mal hechote, pero funcional (en ese tiempo), en Gonzalitos y Constitución.

Sobre esas obras se funda la modernidad metropolitana que se relanza en los 80 con la primera versión de la Gran Plaza, en la que confluyen como semilla germinal todos los pequeños enormes esfuerzos y pasos dados, a mitad del siglo 20, para dotar a Monterrey y a Nuevo León, de una infraestructura respiratoria y circulatoria mínima, que hoy se expresa orgullosamente en el austero Faro del Comercio de Luis Barragán en la Gran Plaza y la hermosa columna inclinada que sostiene el Puente de la Unidad sobre el Santa Catarina.

Pero no es a un ejercicio de memoria nostálgica a lo que he querido traerlo, vecino, sino a una mirada a una forma de hacer obra pública en la que el gobernante construía sin asesores, esa plaga de la modernidad que devora los recursos siempre escasos que deberían aplicarse, como en el pasado, a la ejecución de las obras faraónicas, que lo eran en su momento, le digo, que emprendieron gobernadores y alcaldes como Morones Prieto, Rangel Frías, Livas, González Sáenz, Elizondo, Lazo Hinojosa, Farías y Martínez Domínguez.

Ellos hicieron las obras que le he referido con su propia plantilla de empleados, que fueron empleados porque sabían hacer lo que tenían que hacer. Hoy, gobernadores y alcaldes lo son aunque no sepan clavar un clavo. Llegan y lo primero que ejercen es su presupuesto para asesores que les hagan su trabajo.

Agua y Drenaje, cuya función es proveer de agua a Monterrey, hará un acueducto de 500 kilómetros para traer agua del río Pánuco, lo que estará muy bien. Lo que no estará nada bien es que la empresa gubernamental, supuestamente integrada por expertos aguadores, sea de puros aguados que no sirven, valga la redundancia, para servir un vaso de agua. De ahí que ya se hayan gastado 20.8 millones de pesos para contratar tres empresas de asesores tan sólo para organizar la licitación del proyecto.

"En AyD hemos hecho proyectos grandes como Monterrey IV cuando se hizo la Presa El Cuchillo", dijo Nicolás González, director de Ingeniería de la empresa aguadora, "pero en estas condiciones nunca hemos hecho un proyecto de este tamaño, ni preparar bases de licitación".

Pues ni en estas condiciones ni en ninguna otra, por lo que, dado que no saben hacer aquello para lo que fueron contratados, el director de Ingeniería, su jefe y el jefe de éste deberían renunciar y el Congreso y el consejo empresarial deberían designar en lugar de los incompetentes e ignorantes funcionarios no funcionales a los asesores de éstos y hacerlos empleados responsables, no piratas golondrinos, que eso son los asesores en el gobierno.

Una idea viable de reforma política es que gobierne el que sabe trabajar, no el que paga con dinero del pueblo para que le hagan el trabajo que el desvergonzado le volverá a cobrar al pueblo, 17 mil millones de pesos, nada menos, por el dichoso acueducto del Proyecto Monterrey VI.

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