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Plaza de almas

DE POLÍTICA Y COSAS PEORES

"Y tú ¿cuándo hiciste la primera comunión?". Tal pregunta no tenía nada de piadosa: trataba de la iniciación sexual de cada quién. A esa interrogante seguían otras que le quitaban todo viso religioso a la cuestión: "¿Con quién la hiciste?". "¿Dónde?". "¿Cómo fue?". Traíamos dos o tres copas -o cuatro, o cinco, o seis-, que se nos habían ido más al corazón que a la barriga, y el tema entonces era el obligado: la mujer. Entiendo, sin que me conste, que los hombres somos más reservados que las mujeres al hablar de sexo. Quizás eso se debe a que nosotros tenemos más inseguridades que ellas. No lo sé. El caso es que he oído que algunas -algunas, dije- tratan con mucha naturalidad el renglón de la sexualidad, y dicen cosas como: "Si le haces esto no se te irá nunca" o: "Si lo dejas que te haga esto otro ya no andará con viejas". Quién sabe. Pero con dos o tres copas encima -o cuatro, o cinco o seis- a los hombres se nos apaga el juicio y se nos encienden los recuerdos, y entonces hablamos de lo que nunca hablamos. "Y tú ¿cuándo hiciste la primera comunión?". Para casi todos los del grupo de amigos la respuesta era la misma: entre los 17 y los 19 años, y generalmente en un burdel, con una prostituta. Se me dirá que eso está mal, y no lo niego, pero es mejor que hacerlo a los 14 o 15 años con una compañerita de la secundaria. Todos coincidíamos en eso. No en la digresión moral, sino en lo del burdel y lo demás. Todos, menos uno. Este amigo nuestro había hecho la primera comunión en forma muy distinta. Debería decir más bien "en formas muy distintas", porque cada vez que nos hablaba de su iniciación sexual nos contaba una historia diferente. "Fue en el campo, en unas vacaciones, con una rancherita de mi misma edad, 15 años. Me llevó al pajar; me dijo que me iba a mostrar una gallina con pollitos. Se acostó en la paja y se levantó la falda. Yo no sabía cómo, pero ella me enseñó". Pasaban unos meses, y entonces nos contaba otra historia: "Fue con una amiga de mi mamá. Era una mujer alta, muy guapa, distinguida. Un día llegó a buscarla, y mi mamá no estaba. Dijo que la esperaría, y me pidió que le sirviera una copa. 'Tómate una tú también -me ordenó-. Ya casi estás en edad'. Luego se me acercó y juntó mi cuerpo al suyo. Yo, claro reaccioné. Tenía 16 años. Ella sonrió: "Según estoy sintiendo, para otra cosa ya estás en edad'. Y ahí mismo, sobre la alfombra de la sala, lo hicimos". Y luego, tiempo después: "Mi padre era agregado militar en el consulado de San Petersburgo. Ahí conocí a una joven estudiante rusa que tramitaba su visa para venir a México. Me dio la dirección de su departamento. Al día siguiente la busqué. Vivía en una buhardilla miserable. Hacía tanto frío que para calentarnos nos metimos en su cama. Y luego... luego ya no sentimos frío". Oíamos los relatos de mi amigo y nos reíamos a sus espaldas. En cierta ocasión bebimos solos él y yo. Entonces, con más copas que cuatro, cinco o seis, me hizo una confesión que me dejó pasmado: a sus 40 años aún no había hecho la primera comunión. Me contó que su primera experiencia sexual fue desastrosa. A causa de los nervios no pudo funcionar, y la mujer con la que estaba -una puta vieja, despiadada- se burló de él, y contó afuera lo que había sucedido. Le volvió a suceder lo mismo una y otra vez. Aquello se volvió un tormento. Se sabía hombre; sentía la apetencia del cuerpo femenino, pero al estar con una mujer lo invadía el pánico, y no lograba hacer lo que debía hacer. Vivía en una tortura continuada: deseaba la ocasión, y al mismo tiempo la rehuía. Por eso no se había casado. No supe qué decirle cuando me reveló aquello, pero ya no me reí más con los amigos al oírlo contar sus fantásticas historias. Quisiera decir que ésta tiene final feliz. "Encontró una mujer tierna y comprensiva que con amor y sabiduría le quitó el miedo, y entonces, a sus 40 años, hizo por fin la primera comunión". Eso no sucedió. Mi amigo se dio al alcohol, y hay quienes dicen que también a las drogas. Murió tiempo después. Por eso cuento hoy su historia impunemente, porque ya está muerto y no dejó familia. ¿Cómo podía dejarla, si nunca hizo la primera comunión?... FIN.

Mirador

Soy hombre de tierra adentro.

Cuando estoy ante el mar no estoy tranquilo. Me da miedo el gran monstruo, tan inmóvil, tan móvil, y siento el deseo de escapar antes de que su abrazo me ahogue.

Sé que en el mar está el origen de la vida. Quizá por eso le temo como a un útero gigante, como a una vagina sin final. Los poetas saben adivinar -son vates-, y no dicen "el mar": dicen "la mar".

Si yo hubiera nacido junto a él -junto a ella- le cantaría igual que tantos hombres le han cantado, desde Homero. Diría de sus espumas y de sus sirenas; de sus delfines y de sus corales. No diría de los infinitos muertos que se tragó y no devolvió nunca, ni diría de sus eternas crueldades.

Déjenme estar entonces en la tierra. Aquí nací; aquí volveré a nacer. Dejen que el mar sea en mí una antigua memoria, nada más; un oscuro recuerdo de cuando yo no era yo.

Al pie de sus ventanales las mujeres de mi ciudad solían poner un caracol marino. En él creían escuchar la voz de algún remoto océano que jamás verían. Así llevaré el mar dentro de mí, como una inquietud vaga, como un misterio que temo descifrar.

¡Hasta mañana!...

Manganitas

"...Se posponen las leyes sobre telecomunicaciones..."

Aquí todo se pospone

en aras de los partidos.

Por eso estamos... perdidos,

y nada al fin se compone.

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