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Por donde no hay que ir

Cada nueva democracia enfrenta el reto de inventarse y las antiguas el de reinventarse; de hacerlo depende su futuro. Con frecuencia olvidamos que cada sistema democrático se encuentra en uno u otro estadio y que solamente por vía de las acciones conjuntas de los miembros del demos se puede realizar esa invención. También solemos desentendernos del peso del pasado que recreamos cuando actuamos. Así, pasado, presente y aspiraciones de futuro se mezclan regularmente en la configuración de la política.

Los pensadores antiguos, modernos y contemporáneos siempre han hilado fino sobre este problema constante y con frecuencia llegaron a conclusiones opuestas. Rousseau propuso y convenció a muchos que la democracia era una imposibilidad, a menos que hubiese control del "comisario" por el ciudadano, porque toda forma de representación acabaría siendo espuria ("delegativa" se le dice hoy). Con él nació la utopía de la democracia directa como pretendida superación de la representativa. En la tradición de Hobbes se originó una visión restrictiva del ciudadano que delega al soberano todo su poder para poder sobrevivir en un mundo en que su libertad debe limitarse por aquél. Y así, sucesivamente.

Imposible entrar en detalle sobre estas genealogías. Pero las reflexiones más agudas sobre las democracias contemporáneas advierten sobre tres derroteros que malogran las aspiraciones democráticas por basarse en supuestos que vienen desde el origen del pensamiento político occidental y que frecuentemente se "descubren" como si fueran novedades.

En un espléndido libro, la politóloga italiana Nadia Urbinati sintetiza tres desfiguraciones de la democracia que yerran el camino y tiran por la borda las capacidades de la representación democrática ("Democracy Desfigured", 2013, Harvard). La primera desfiguración es la "democracia apolítica". Aunque se origina en varias fuentes, éstas coinciden con dos ideas principales: que debe extenderse progresivamente el peso de decisiones "no partidarias" y que hay que conformarse con los resultados que pueden conseguirse por vía principal de los procedimientos. El resultado es la despolitización que privilegia la "razón" sobre la opinión en nombre de una pretendida parsimonia que excluye de la decisión pública las visiones controvertidas de las posiciones en conflicto. La segunda es la democracia populista que convoca a la identificación del pueblo con la opinión de un líder convertido en oráculo inequívoco de aquel. En esa simbiosis se eliminan las posiciones controversiales y hace de la representación en el Poder Legislativo una farsa en la que excluye las visiones opuestas exhibidas como si no fuesen representativas. El término que sintetiza esta variante es "hegemonía", la que se construye precisamente en aquella simbiosis entre líder y pueblo y es antinómica de la democracia. Si no se convierte en dictadura, esta fórmula termina siendo parecida a la anterior, pues pone a los procedimientos para alcanzar resultados por encima de la dinámica de la controversia esencial e indispensable para la democracia. Por último, está la modalidad de plebiscito de la audiencia, socorrida en las sociedades masificadas y mediáticas donde la sociedad se limita a contemplar pasivamente el desempeño de las élites y éstas a conocer la "opinión" de la primera por medio de la mercadotecnia.

La democracia representativa tiene su mejor horizonte en la aceptación de la dualidad voluntad/opinión que es propia de toda polis que abraza la libertad, pero es necesario armarla de herramientas de igualdad política que incluyan al demos en la decisión (ejercicio de la voluntad) y en la voz (ejercicio de la expresión libre) en el seno del Estado, no en su periferia. Este es deber del Legislador.