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¿Por qué no regresa la seguridad?

Usted debe preguntarse un día sí y otro también por qué no regresa la seguridad. La pregunta ya forma parte de la vida de millones de mexicanos colocados en posición de resignación, lucha o en franca huída. Nada o casi nada aparece en el camino de las buenas noticias; si acaso, en el escenario nacional el cambio más significativo es mover la mirada de una a otra entidad donde la inseguridad llega a extremos antes desconocidos y los gobiernos intentar apagar el fuego, sólo para percatarse que cada vez son más los incendios.

Cuando comencé las visitas de investigación a Europa me impresioné al comprobar que muchas decisiones de política pública estaban conectadas al producto de unidades de investigación y prospectiva, lo que permitía una doble mirada: presente y futuro. En México creo que todos los estudiosos de la seguridad han insistido en que las decisiones son casi siempre de corto plazo. Sobra decir que levantar la mirada para tomar decisiones para hoy y para mañana es una decisión política que no depende más que de la voluntad de hacerlo. Las unidades que encontré en Europa son consecuencia de una manera de hacer política, como su ausencia lo es en México. En Europa, Estados Unidos y Canadá aprendí que hay dos estadios de evolución en las políticas de seguridad, las ancladas a los llamados indicadores duros (anacrónicas) y las soportadas por la combinación de indicadores duros y blandos (modernas). Los duros son los que escuchamos en México todos los días: detenciones, consignaciones, aseguramientos, etc. Los blandos funcionan principalmente en el terreno subjetivo y giran en torno a la manera como percibimos los fenómenos asociados a la inseguridad y las instituciones responsables de combatirla. En este país de eso oímos poco; por ejemplo, no conozco titular de Poder Ejecutivo alguno federal, estatal o municipal que incluya el nivel de aprobación a las instituciones policiales entre sus indicadores principales de rendición de cuentas. Esos niveles de aprobación son consistentemente bajos o raquíticos y por ello los gobiernos evaden acreditarlos como indicador central de rendición de cuentas, lo que impide hacer lo necesario para elevar el nivel de aprobación; es, como puede verse, un perverso circulo vicioso. Podemos discutir sin terminar sobre las causas de la desaprobación mayoritaria a la policía, lo que no puede estar a discusión es que nada de lo que se haga por la seguridad y la no violencia será exitoso y sostenible sin instituciones policiales confiables.

Tenemos tres tipos de funcionarios y mandos policiales en México: los que auténticamente intentan elevar la aprobación de la policía, los que eso les tiene sin cuidado y los que aprovechan la desconfianza social hacia la policía para manipularla bajo intereses criminales. Los primeros están muchas veces buscando modificar un indicador blando trabajando solo con indicadores duros; por ejemplo, creen que la gente aprobará a la policía porque detiene a más personas. "Fuerzan la máquina" para dar resultados numéricos esperando que cambie la percepción y luego la frustración es triple: primero, no mejora la aprobación, segundo, no mejora la seguridad y tercero crecen los costos asociados al despliegue policial intensivo, como la violación a la ley y a los derechos humanos. Aquellas unidades de investigación en Europa identificaron esto hace décadas. Le dijeron a los decisores que la clave no estaba primero en los números, sino en la aprobación a la institución policial y que ganando ésta vendría lo segundo. Los ingleses me lo dijeron así: tal vez no podemos recuperar la bolsa robada pero daremos el mejor servicio posible a la víctima. En México la inversión hacia la construcción de confianza hacia la policía es casi siempre nula y cuando existe está mal enfocada. Por eso no regresa la seguridad.

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