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Presidencialismo avalado por omisión

INDICADOR POLÍTICO

El discurso del senador perredista Manuel Camacho Solís en la sesión del viernes-sábado pasado puso el dedo en la mitad de la llaga política: los riesgos de la restauración del viejo presidencialismo. La otra mitad ha quedado en el vacío político: la oposición anti PRI ha ido posponiendo la agenda de la reforma del sistema-régimen político.

Lo peor de todo es que algo está fallando en los equilibrios políticos: el PRI representa apenas un tercio de la sociedad política y electoral y la oposición controla los otros dos tercios y las cosas se mueven como si el PRI tuviera la mayoría de los años setenta.

La tesis de Jesús Reyes Heroles sobre la derechización de un régimen como culpa de la izquierda se puede aplicar a la circunstancia actual: la restauración del viejo sistema-régimen político ha sido responsabilidad del PAN y del PRD.

La transición democrática agotada el 2 de julio del 2000 con la alternancia sin violencia careció del paso siguiente: la instauración democrática. Adolfo Suárez en España logró la transición con la ley de la reforma política, el sistema de partidos con el PCE incluido y elecciones libres, pero instauró la democracia al agotar el régimen franquista con los Pactos de la Moncloa que liquidaron el sistema-régimen y el modelo de desarrollo franquistas e instituyeron uno nuevo.

En cambio, el soviético Mijail Gorbachov abrió la democratización pero sin un modelo de transición política ni de instauración democrática ni menos aún de nuevo modelo de desarrollo. El golpe de Estado de agosto de 1991 fue el aviso de que el viejo régimen seguía vigente. Gorbachov tuvo que renunciar y la URSS se desintegró pero sin liquidar a las viejas fuerzas políticas que luego se reorganizaron bajo el liderazgo restaurador de Vladimir Putin.

El viejo presidencialismo mexicano se podría revitalizar en función de que la oposición también revalide su propio pasado. Ante un PAN inamovible, el PRD apareció como la única fuerza del cambio…, pero desde su origen fue copado por ex priistas cardenistas que sólo querían revivir el modelo del Partido de la Revolución Mexicana de Cárdenas. La izquierda socialista-comunista del disuelto PCM que debió de haber sido el pivote dialéctico de la modernización ideológica se replegó a la comodidad de posiciones legislativas y acríticas.

El neocardenismo se convirtió en el peor obstáculo del PRD para convertirse en el partido pivote del cambio. De ahí que las advertencias del politólogo parlamentario Camacho Solís debieran ser leídas primero por los perredistas: el viejo presidencialismo se va a restaurar en la medida en que el PRD sea el viejo partido incapaz de encabezar el debate y la crítica a la restauración porque representa los valores de la restauración.

Las opciones del PRD son claras: la ruptura pactada o la ruptura aislacionista. Si el PRD no ha usado la vía revolucionaria, entonces debió de haber agotado el camino de la negociación de reformas como fue su intención original con el Pacto. El único camino del PRD para frenar la restauración será el de un acuerdo político histórico con el PAN para construir --en el modelo de Camacho Solís-- una nueva hegemonía de centro. Pero hasta ahora Los Chuchos sólo quieren el control del partido, no su potenciación.

Así que la hipotética restauración del viejo presidencialismo y del viejo sistema-régimen político ha sido responsabilidad en primer lugar de la oposición progresista, aunque resulta que el PRD sólo ha pensado para sí en la restauración del viejo PRI progresista.

Pero la oportunidad para la reforma del sistema-régimen ya pasó porque iba antes que las reformas estructurales procedimentales. Y se aleja aún más cuando el PRD carece de enfoque político estratégico sobre la reorganización sistémica, a pesar de las advertencias de Camacho Solís.

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