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Prodigioso miligramo

PISTA DE DESPEGUE

Ocurrió que durante las últimas semanas del pasado año se me solicitó una lista con los cinco libros que más disfruté durante el 2013. Nota primera: no sólo de cine vive este hombre, así que dispensen la digresión literaria que está por iniciar.

Siento necesario clarificar que como lector soy un desastre: leo o releo tres o cuatro libros al mismo tiempo y rara vez tomo en cuenta la afamada mesa de novedades. Por ello, las listas de libros sobre lo que más disfruté durante el año siempre me resultan difíciles de realizar.

Sin embargo, en esta ocasión dos títulos se volvieron capitales para el encargo: La habitación oscura de Isaac Rosa y La fila india de Antonio Ortuño. Tempranamente supe que esas dos novelas serían inamovibles y que de basarme por preferencias, estarían en el primero y el segundo sitio respectivamente. Siempre me he suscrito a la idea de que el gusto simplemente te es cercano o no es gusto, y ambas historias, separadas quizá por geografía y por situaciones (o personajes), acababan hermanándose en temáticas que me son cercanas: el relato de holocaustos nada metafóricos, tan palpables como terroríficamente cotidianos.

Ahora sólo me ocuparé de la novela de Ortuño por cuestión de cercanía y petición: la acabo de releer y se me sugirió escribir sobre ella. Ustedes vayan dispensando otra digresión.

La fila india inicia con una matanza de migrantes centro y sudamericanos en un albergue del gobierno mexicano cercano a la frontera sur del país. Los responsables, grita el coro, son los miembros de un grupo criminal que ha logrado imponer su ley mediante violencia y corrupción. Para investigar, o mejor dicho: hacer la infaltable crónica del evento, desde el centro del país se envía a Irma, una trabajadora social. Ella va acompañada de su hija de siete años. Durante su estancia en el poblado removiendo cenizas y abriendo heridas, Irma, que primero se muestra reacia a empatar sus intereses y preocupaciones con las del entorno, acaba experimentando, en parte debido a su encuentro con Yein, sobreviviente de la matanza, y con Joel, un aguerrido periodista conocedor del "teje y maneje" de la zona, ese cambio que siempre llega una vez que alguien fija su atención en algo durante un tiempo más que considerable. La pregunta que queda es si nosotros también experimentamos ese cambio con ella o no.

No olvidemos que estamos ante un thriller literario, así que hay pistas falsas y culpables falsos y vueltas de tuerca que para nada se agotan con el constante pasar de hojas. Eso sí, en La fila india no se acartona el hecho madre del que el tapatío se vale para construir su trama: una frontera geográfica y política siempre será una patria autónoma y ajena por y para sí misma. Por ello, las reglas por las que sometemos al todo, que es el resto país, para nada sirven en regiones tan específicas. Más si nos aferramos a una visión meramente cumplidora que se ampara en lo legal y lo racional.

La fila india quizá se explaye en su exploración sobre nuestra facilidad como pueblo para dejarnos llevar por la barbarie, y eso puede que duela y que sea incómodo, pero resulta venturoso que Ortuño logre inocular en tan compacta prosa, tan certero golpe contra ese nefasto crimen que día a día amparamos consciente o inconscientemente: el de la indiferencia.

Quién castigaría una simple muerte en medio de una masacre, aventura a preguntar Ortuño al iniciar La fila india. Resulta obvio que tras dicha interrogante no se espera una respuesta, sino tantear si hay entre nosotros alguien tan orgulloso o tonto que se anime a lanzar una respuesta.

duendecallejero@outlook.com