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Opinión

Puebla: Barbosa endosó a AMLO su derrota ante Martha Érika Alonso-PAN

Por: Carlos Ramírez

Miguel Barbosa. Foto  Reforma

Miguel Barbosa. Foto Reforma

A lo mejor no va a ser necesario tomar tan en serio al presidente López Obrador en sus abruptos políticos: en el 2006 mandó al diablo las instituciones electorales y en el 2018 las elogio porque le dieron la victoria.

De todos modos, resulta preocupante que el proceso electoral en Puebla pasó por todos los filtros de la democracia y ahora resulta que la determinación legal y legítima a favor de la candidata panista Martha Érika Alonso fue antidemocrática para López Obrador.

El problema radicó en que el presidente de la República con apenas ocho días en el poder haya llevado a la sociedad atenta al caso Puebla a dos opciones: o preocuparse por la acusación del jefe del Estado contra el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación porque implicaría un proceso de disolución de esa institución electoral o mirar hacia otro lado con desdén diciendo que se trata de otro de los desplantes de López Obrador que a nada conducen y que responden a momentos anímicos.

Al final, el que perdió fuerza política, posición institucional y credibilidad como gobernante fue López Obrador porque careció de pruebas para afianzar su exabrupto contra el Tribunal Federal Electoral.

El PAN y la gobernadora electa Martha Érika Alonso, por su parte, cumplieron con toda la normatividad legal en tribunales y probaron la falsedad de las acusaciones de un magistrado que había sido asimilado por Morena con la extensión de su gestión y en el pleno se demostró que no hubo tal cúmulo de irregularidades.

El presidente López Obrador, Morena y sus piezas de poder estaban obligados a deslindarse del caso Puebla porque el riesgo era mayor: si ganaban y se anulaban las elecciones, habría quedado la certeza de aplastamiento de las autoridades electorales; si perdían, habrían de mostrar que la fuerza en las calles es menor a la capacidad de decisión de las instituciones que habían sido mandadas al Diablo. Y así fue: la decisión del Tribunal Electoral representó una sonada derrota del presidente López Obrador y no de Morena ni del impresentable Miguel Barbosa.

La estridencia de Barbosa contra la candidata Martha Érika Alonso y su familia mostró la condición política de baja estofa de sus comportamientos y sí utilizó discriminaciones sexuales y de género, aunque en el fondo estos comportamientos trogloditas fueron el aviso de que batalla en tribunales estaba perdida.

Lo que viene ahora es una segunda prueba para López Obrador: o reproduce con la gobernadora Alonso los estilos de Peña Nieto con el gobernador de Chihuahua usando el aparato de poder para castigarlo por la persecución contra un priista o le da vuelta a la hoja y asume a la nueva mandataria de Puebla como la representante del pueblo y sociedad de Puebla. Cualquiera que sea la decisión sumida, representará una segunda derrota para los actuales estilos presidencialistas autoritarios.

Lo más grave de todo fue observar que el presidente López Obrador tiene 53% de los votos y 30 millones de votos, pero no le alcanzan para reformular las estructuras de poder del sistema/régimen/Estado priistas: ya enlodó a la Suprema Corte, ya castigó a los legisladores levantándole la canasta presupuestal, ya definió la política en términos del ideólogo autoritario Carl Schmitt en la relación amigo-enemigo, ya le quitó publicidad a los medios escritos porque lo criticaron mucho y les subirá apoyos a Televisa y TV Azteca porque se sometieron a su voluntad y ahora ya manchó la reputación de las dos instituciones determinantes en la transición mexicana a la democracia: la versión poblana del Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Federal Electoral.

En este sentido, sin siquiera proponérselo, la elección de gobernador en Puebla fue una derrota de López Obrador. Los abogados del PAN sí hicieron su tarea y lograron invalidar las quejas de Morena. El problema de fondo local estuvo en el apoderamiento de Morena en Puebla por el grupo priista del exgobernador Mario Marín Torres. El principal colaborador de Marin en su gubernatura es hoy el jefe máximo de Morena y por tanto aspirante a la gubernatura: Alejandro Armenta, quien por cierto acaba de ser derrotado porque presentó una iniciativa de castración química a violadores y fue desdeñado por el presidente López Obrador. Esa iniciativa viola los derechos humanos y Armenta llegó al Senado como suplente de Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos. Una muestra más del desorden político e ideológico en Morena.

La gobernadora Martha Érika Alonso llega con toda la legalidad, legitimidad y capital político-electoral --mayor a la que tenía cuando se registró como candidata-- porque logró en tribunales políticos y legales la primera victoria contra el poder de Morena como partido mayoritario.

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Política para dummies: La política es el arte de convencer de hechos buenos o malos, no el de imponer caprichos presuntamente buenos que al final son peores.

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