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¿Qué está en juego?

En su colaboración en Reforma, "¿Qué está en juego" (19/5/14), David Penchyna hace la mejor defensa posible de la reforma energética del presidente. Más allá de las diferencias ideológicas que tenemos sobre las decisiones políticas fundamentales relativas al petróleo, el senador señala problemas reales pero sobredimensiona las posibles ventajas de la reforma y subestima sus riesgos.

Pasar de "un sistema productivo mediocre a uno de excelencia" no dependerá del petróleo. Si todo el plan les llegara a resultar, México tendrá una producción petrolera igual a la que tuvo en 2005. La experiencia reciente nos dice que aun con muy altos precios, esa plataforma (2005) no cambió nada fundamental. La petrolización de las economías no suele ser la mejor forma de lograr desarrollo. Peor aún, la apuesta económica del gobierno tiene problemas. Todo se hace depender del petróleo, cuando previsiblemente para 2018 no alcanzará la plataforma planeada.

El éxito o fracaso de la economía mexicana dependerán de otros factores. De la capacidad para hacer más incluyentes sus instituciones políticas y económicas. De la calidad de su educación. Del avance científico y tecnológico. De la competitividad. De su capacidad de ahorro y solidez fiscal. De la velocidad con la que surjan empresarios innovadores. De la imparcialidad de su sistema de justicia. De la evolución de los mercados internacionales, la expansión del crédito a las pequeñas y medianas empresas, las políticas sectoriales para la industria y el campo, el cuidado de los recursos naturales, la expansión de su mercado interno y el crecimiento sostenido de los salarios.

Penchyna señala un problema real: la caída en la producción y las reservas de petróleo y gas. Resolverlo exige superar un conjunto de riesgos que enfrenta la política gubernamental. La prisa política para alcanzar resultados económicos puede acentuar los costos de su instrumentación. Para asegurar la entrada de los inversionistas se les están otorgando garantías sin precedente. Licencias (concesiones) que los llevarán a quedarse con un exceso de renta. Protección legal para el control del territorio que llevará a confrontar a las comunidades y a generar reacciones sociales extremas. Abandono de la investigación y el desarrollo tecnológico propio. Desperdicio de las oportunidades de desarrollo industrial asociado. Y altas probabilidades de destrucción de recursos naturales, así como de un contratismo vinculado a una nueva ola de gran corrupción. Interferencia de empresas extranjeras en política interna y elecciones.

El anzuelo que ofrece el gobierno, de menores precios de electricidad, gas, fertilizantes y alimentos tiene un largo trecho a recorrer, donde hay tantos factores que incidirán que resulta imposible predecirlo. Aun con gas —conseguirlo llevará más tiempo del anunciado— los demás factores tendrían que acomodarse. El crecimiento adicional de la economía difícilmente llegará al 1% anunciado para 2018 y ello dependerá del comportamiento de otras variables. Los "casi tres puntos adicionales de crecimiento para 2025", más que error estadístico, son un engaño.

Cantarell le dio al Estado mexicano la posibilidad de sostener la estabilidad social expandiendo el gasto, a cambio de no tener que reformar el sistema fiscal ni controlar el crecimiento del gasto corriente; al costo de postergar la transformación de las instituciones democráticas y de construir un verdadero Estado de Derecho.

Lo que está en juego hoy es que nuestro país sucumba ante un nuevo espejismo. De nuevo: el petróleo. Que por la prisa de obtener resultados de inversión extranjera para poder ganar las elecciones, terminemos pagando una factura mucho más alta de conflictos sociales, corrupción, apropiación de la renta nacional, nueva concentración oligopólica y decepción social generalizada. Lo menos que habría que hacer es abrir los espacios del debate, convenir una verdadera regulación y prender las alarmas para detectar a tiempo los más graves desenlaces.

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