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¿Qué horizonte, cuál utopía?

La agitación de la avalancha reformista, ocasionada en divisiones en la izquierda y la derecha, en una opinión publicada más aguda y centrada en las decisiones de gobierno, en una parte de la sociedad civil instruida y comprometida, reclama un horizonte de visibilidad para la nave colectiva y utopías concretas y realistas que le den sustento.

No se puede vivir con esperanza teniendo por delante espejismos originados en la confusión. Por ello urgen acuerdos y proposiciones concretas para encaminar las energías del país. La división más notoria en lo que va del gobierno actual se da en torno al Pacto por México. El debate en la izquierda y la derecha, por igual, lo pone de manifiesto. La postura compartida de los presidentes del PRD y del PAN ha sido criticada por una parte de sus huestes y de sus simpatizantes. Lo mismo ha ocurrido en la opinión escrita. El común denominador de los opositores al pacto en ambas partes de la geometría política es el rechazo a hacer alianzas con el PRI. Desde izquierda y derecha el patrón es el mismo: el viejo partido hegemónico, se dice, es el mismo de siempre: corrupto, tramposo y antidemocrático (sin ver la viga en el ojo propio). Del otro lado se afirma que este partido ha moderado sus reflejos autoritarios gracias a transformaciones políticas y sociales que lo han obligado a compartir el poder. Para los primeros, el Pacto por México es un engendro para cooptar a la "oposición" a la que se habrían rendido las direcciones del PRD y el PAN. Para los segundos, el Pacto fue una oportunidad para realizar un programa reformista que incluye demandas de ambos partidos.

La oposicionitis de ambos extremos se acomoda en una falacia: la izquierda y el PAN son y deben ser de oposición "pura". Y es falacia porque han gobernado y siguen haciéndolo, en municipios, estados o legislaturas. ¿O acaso no gobiernan cuando legislan o emiten ordenanzas? Hoy por hoy los tres partidos principales son de gobierno y de oposición a la vez, según donde se encuentren, y mediante sus formas de oposición seguirán buscando la alternancia sin contradicción con que acuerden con los demás para la gobernanza del país. Y, por cierto, sin que esto sea contradictorio con satisfacer intereses que no siempre son los del país. Así es la política y nadie debe asustarse. Para corregir sus excesos y desviaciones están sus competidores, la opinión pública y la sociedad civil.

El paquete de reformas constitucionales derivado del Pacto por México no puede ser atribuido a "traidores a la patria", sino a fuerzas políticas legítimas con puntos de vista propios de lo que se debe hacer y con poder para hacer valer esos puntos de vista. Considerando el tipo de equilibrio político que hoy tenemos, muy pocas decisiones se pueden realizar sin acuerdo con los partidos que no están en el gobierno. De hecho, previendo esta situación, la Constitución ya ha sido reformada para hacer posible los gobiernos de coalición a nivel federal. Por más defectos que se le encuentren, todos estos son cambios paradigmáticos del Estado mexicano. Habría que pensar al revés: que los partidos y fuerzas mencionadas no compartan un concepto adecuado de esta realidad ha llevado a postergar la agenda legislativa y retrasar sus beneficios.

Para recuperar el horizonte son necesarias utopías realistas, como las que han traído las reformas constitucionales y algunas de las legislaciones secundarias. Es un hecho objetivo que la política de diálogo y acuerdos ha comenzado a transformar el país, después del letargo de una "oposición" que miró para otro lado con tal de no ver a los monopolios, ni el desastre educativo, ni la falta de competencia, ni la quiebra fiscal del erario público ni sus propias corruptelas. Si hay horizonte más allá de la confusión en los acuerdos constructivos.