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¡¡¡Qué luna!!!

¡Qué luna!, exclamé al llegar, por coche, a Acapulco, cerca de las 8 de la noche. Se veía espléndida, toda redonda y brillante. La veía tan cerquita que quería arrancarla del firmamento y colgármela alrededor del cuello como si se tratara de un enorme dije de plata. Después de dos horas de estar luchando contra el tráfico de Cuernavaca, debido a que habían cerrado la carretera a Acapulco a causa de un tráiler volcado en la carretera, al llegar al estacionamiento del centro comercial la Isla, Verónica González Laporte y yo sentimos un enorme alivio.

Desde Chilpancingo, después de llenar el tanque de gasolina, al que le quedaban alrededor de tres gotitas de líquido, nos sentimos mucho más tranquilas. No que no lo hubiéramos estado durante el trayecto, todo lo contrario, sino que temíamos quedarnos paradas en alguno de los magníficos puentes colgantes o túneles. Estábamos a medio camino cuando, de pronto, un oficial, nos hace una señal para que nos orilláramos. Así lo hicimos. "A lo mejor se debe a la prueba del alcoholímetro", comentamos las dos muy tranquilas a sabiendas de que no nada más no habíamos bebido nada, sino que no habíamos tenido tiempo ni para comer. "Señora, venía usted a más de 140 kilómetros por hora", le dijo el policía a Vero. "No me di cuenta. Discúlpeme". Hechas las debidas disculpas, le pidió su licencia y su tarjeta de circulación. Revisó los documentos. "Esta es una advertencia verbal. La mayoría de los accidentes en la carretera se deben al exceso de velocidad. Váyanse con cuidado. No rebasen los 110 kms. por hora. Muchas gracias", agregó el oficial, con una cortesía inusual. Sinceramente nos gustó sentirnos tan bien cuidadas en la carretera ya que, junto a nosotras, cuando nos pararon, había tres vehículos más a los que se les recomendaba exactamente lo mismo: no manejar con exceso de velocidad. Salvo este pequeño incidente, la carretera nos pareció impecable, totalmente reconstruida; en las casetas todos los empleados muy amables y los señalamientos de los caminos muy profesionales. De allí que hubiéramos llegado directamente a Acapulco Diamante sin perdernos.

El centro comercial estaba lleno. Familias enteras, con niños, perros y carriolas, paseaban con una actitud de absoluta tranquilidad. Unos comían un barquillo, otros se tomaban fotos en los puentes y la mayoría caminaban relajados y contentos bajo aquella lunota, la cual, la víspera, se había pintado de rojo. De hecho nunca había visto La Isla tan concurrida. Seguramente, muchas de esas personas que veía a mi paso habían ido a Acapulco para ver de cerquita, y a todo color, el eclipse lunar. Tenía la impresión de estar viendo otro Acapulco, pero, a la vez, el mismo que solía ver en los años sesenta; es decir, ese ambiente cálido y hospitalario que, afortunadamente, se vuelve a sentir en la bahía más bonita del mundo.

Al otro día Vero y yo (gracias a la hospitalidad de la familia Talavera, juntas podemos seguir dedicándonos a nuestra novela histórica durante el Segundo Imperio, basada en la correspondencia amorosa entre el Mariscal Bazaine, jefe de las fuerzas armadas en México, y Pepita de la Peña) fuimos de compras a Chedraui. Estaba lleno. Carritos iban y venían. La sección de carnes y quesos, llena. La de las verduras y frutas, llena. Mientras hacíamos la fila en la caja, el señor Terrazas, empresario retirado con casa en Acapulco, nos comentó que en los últimos meses la situación en el estado de Guerrero se había mejorado mucho: "Hay más empleo, más inversión y mucho más turistas que hace unos meses", nos dijo con convicción. Para seguir con mi encuesta personal, le pregunté a la cajera: "Si mañana fueran las elecciones, ¿votaría por Ángel Aguirre?". Pasaron unos segundos, miró hacia todos lados y dijo que sí, que sí volvería a votar por él.

Seguramente, todavía hay muchos problemas por resolver tanto en Guerrero como en Acapulco (en algunos hoteles falta agua). Seguramente, todavía hay muchos guerrerenses que no han recuperado su casa que tenían antes de los ciclones y, seguramente, no ha desaparecido del todo la inseguridad. Pero lo que sí me consta es que, en estas vacaciones de semana santa, se respira otro ambiente. Recuerdo la semana mayor de hace dos años, resultaba tristísimo caminar por un malecón desértico o pasearse por La Isla, totalmente desangelada. ¡Qué bueno que el Consejo Estatal para la Restauración de Guerrero esté dando resultados!

Estoy segura de que si Achille Bazaine y Pepita hubieran conocido esta maravillosa bahía, se hubieran amado aún más, bajo sus palmeras y su luna como un disco de plata.

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