Opinión

¿Qué pasa en la política sinaloense?

POLITEIA
Avatar del

Por: César Velázquez

En efecto: estamos a un año y ocho meses de las elecciones para gobernador en Sinaloa, y hay tal estado de excitación en la clase política y en no pocos espacios columnares y de opinión, que se escuchan las especulaciones más absurdas y los despropósitos verbales más inopinados, en una abierta competencia por tratar de ser el primero en encontrarle la cuadratura al círculo. Si eso ocurre ahora, ya podremos imaginarnos cómo estará el ambiente cuando en verdad llegue el momento de las definiciones.

Este estado de excitación es comprensible desde la perspectiva de la clase política. Digamos que en el caso local no es un estamento muy calificado, poco atento a una ética de la responsabilidad, como preconizaba Weber, lo que se advierte en el escaso respeto que parece merecerle la institucionalidad —que debería ser el primero en asumir—, pero sobre todo, su escasa autonomía e independencia y su renovada sujeción a un centro político que gravita con enorme fuerza sobre la vida local.

No lo es tanto desde la perspectiva de quienes contribuyen a la formación de opinión pública y de opinión política. Un repaso rápido a las columnas y espacios de opinión de los días más recientes —con sus contadas excepciones—, da cuenta de cómo se reproducen en los "análisis" los esquemas de subordinación.

Se abordan los asuntos desde la perspectiva de la élite, de una u otra de sus fracciones, reproduciendo un modelo y una cultura política que empobrece la búsqueda de opciones y favorece desde ahora los "alineamientos", como en su tiempo dijera el clásico.

Para la cultura política priista arcaica y premoderna, la pérdida de la presidencia de la República significó la pérdida de un referente fundamental y de un eje articulador que impedía la activación de tendencias centrífugas.

La dispersión que se advirtió en la vieja formación hegemónica durante su travesía por el desierto, ha sido sustituida por nuevos mecanismos de control que quitan fuerza —aunque ciertamente no anulan por completo— a las expresiones políticas locales, que reclaman su margen de autonomía e independencia política para la toma de decisiones.

Pero resulta que en la ecuación sinaloense, la variable dependiente está constituida por el conjunto de fuerzas, ambiciones y proyectos que no tienen ahora el peso específico suficiente para imponer y/o influir en la decisión del centro, que es la variable independiente, porque no depende de nada, y hace eso que, por ejemplo, quien parece encarnarla se ría de la excitación local, manteniendo una tensión y una crispación con el consecuente desgaste innecesario.

¿Quién puede parar esta dinámica? Está visto que el árbitro quiere seguir saliendo en la foto. No tiene fuerza, autoridad ni legitimidad para hacerlo.

Quizá pueda hacerlo la reciente resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que estableció como actos anticipados de campaña las declaraciones de servidores públicos en medios de comunicación, expresando la intención de buscar una candidatura a cargo de elección popular.

Pero también puede ocurrir que lo que quiere ser un remedio resulte peor que la enfermedad, pues la decisión de la Suprema Corte podría dejar en la indefensión a varios de los pretensos, dejando el camino libre a particulares para hacer campaña abiertamente.

Podríamos así estar entrando en un entorno de turbulencias sin ganancias seguras para ninguno de los actores políticos.

cvr052@gmail.com