Opinión

¿Qué sigue para México?

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Por: José González Morfín

Las reformas aprobadas en los últimos meses por el Congreso de la Unión representan, sin duda, un hito en la vida económica, social y política de México. Se trata de cambios de fondo que abren nuevas oportunidades para el país. Hay tres aspectos en los que las reformas son relevantes y sobre los que conviene hacer una reflexión.

En primer lugar, las reformas son relevantes porque han fortalecido las capacidades del Estado en varios frentes. Por ejemplo, en términos de ingresos, el Estado cuenta ahora con más recursos para invertir en las necesidades urgentes de la sociedad y de la economía, como infraestructura y programas sociales. Pero no sólo eso, también se han creado nuevas reglas e instituciones que fortalecen al Estado frente a otros actores que en años recientes habían acumulado un poder que, en la defensa de intereses particulares, afectaba al interés general. Hoy, el Estado está recuperando la rectoría de la educación pública, tiene nuevas leyes para promover la competencia económica y cuenta con nuevos mecanismos para incentivar la inversión y el crecimiento.

En segundo lugar, las reformas son relevantes porque remueven obstáculos que frenaban el crecimiento económico. En el corto plazo, al introducir la competencia en sectores cerrados como las telecomunicaciones, el petróleo y la electricidad, las reformas abren posibilidades para la generación de nuevas oportunidades de empleo para miles de mexicanos así como para la atracción de tecnologías y capitales que potenciarán el crecimiento de la economía. A largo plazo, reformas como la educativa tendrán un efecto positivo al mejorar la preparación que reciben los mexicanos en áreas clave para la competitividad económica.

En tercer lugar, las reformas son relevantes porque demuestran que la democracia y la pluralidad sí pueden rendir frutos concretos. Durante muchos años se culpó a los gobiernos divididos por la parálisis legislativa que impedía se aprobaran estas reformas estructurales. Hoy, el Legislativo ha demostrado que en la pluralidad e incluso en el disenso, hay posibilidades para el diálogo y la aprobación por mayorías amplias de decisiones relevantes y benéficas para México.

Una vez aprobadas las reformas, cabe preguntarse ¿qué sigue para nuestro país? El gobierno tiene ahora en sus manos nuevas y poderosas herramientas. Cuenta ya con más recursos fiscales: es hora de aprender a ejercer el gasto público en infraestructura, es hora de usar el dinero de los contribuyentes con oportunidad, eficacia y transparencia. Cuenta con nuevas leyes para incentivar la inversión: es hora de generar las condiciones de seguridad para que las empresas vengan e inviertan cuanto antes. Es paradójico que, aprobadas las reformas, los pronósticos de crecimiento para México sigan disminuyendo. La respuesta a esta contradicción está en lo que haga el gobierno para favorecer la inversión. Mientras siga pensando que extraer recursos de la sociedad es la prioridad, mientras la legalidad y el Estado de derecho sigan siendo asignaturas pendientes; mientras el gobierno no encabece una verdadera cruzada contra la impunidad y la corrupción, será imposible que el sector privado se convenza de que las reformas por sí mismas librarán a México de los lastres para la inversión y los negocios.

Ahí es donde está el próximo reto para nuestro país: abrir al gobierno, hacerlo rendir cuentas, exigirle que use bien las herramientas que se le han dado para generar seguridad, construir infraestructura, mejorar la educación y elevar la calidad de los servicios públicos. La reforma del gobierno es lo que debe seguir para México. La decisión es clara: o damos ese paso para transformar a las instituciones que son de todos, o regresamos en el tiempo a un gobierno ineficiente, cerrado y opaco que amasa recursos económicos y políticos con el propósito de preservar a un grupo o partido en el poder. Un gobierno que cambió todo para que nada cambie. Esperemos que este no sea el escenario para México.

Twitter: @jglezmorfin