Opinión

Quemarlo todo

PISTA DE DESPEGUE

Por  Agustí­n Galván

En su sexto largometraje, Burning (2018, Corea del Sur), el exmaestro de preparatoria, exitoso novelista y cineasta Chang-dong Lee (1954, Daegu), se dio a la tarea de adaptar, junto con Jungmi Oh, un cuento del escritor japonés Haruki Murakami: Quemar Graneros, que a su vez no es más que un homenaje de otro cuento: Incendiar Establos de William Faulkner. Lo aderezaron con ciertas reminiscencias tanto al Gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald, como a El Talento de Mr. Ripley de Patricia Highsmith y listo, he aquí otro, y aunque él no recuerda mucho de esos años, ambos van a tomar y a ponerse al día. Ahí ella le cuenta que ha estado estudiando pantomima y le da una muestra de sus habilidades encargándose de “comerse” una mandarina inexistente.

Acaban en el departamento de ella, y ahí queda claro que aunque de entrada parecía que vivían en mundos diferentes, la verdad es que tienen muchas similitudes: ambos pertenecen a ese grupo de jóvenes que quieren vivir de lo que dicta sus sueños, pero que de momento solo sobreviven gracias a lo que tienen a mano. En este caso es el comercio.

Y esa actividad, que ninguno de los dos le agrada, no hace más que aplazar la realización de alguno de esos planes. Eso sí, tras el encuentro Jong-su piensa que su vida ha cambiado para siempre. Hae-mi puede que sea otro retraso en sus sueños de convertirse en escritor, pero por fin es uno que le agrada, lo marea, lo llena. Sin embargo, no tiene ni idea de lo que está por pasar cuando ella le pida de favor que le cuide el gato mientras viaja a África por un viaje que le sale de improviso.

El asunto es ¿qué gato? Pero bueno, resulta que cuando ella regresa, no lo hace sola. Viene acompañada por Ben (Steven Yeun), unos años mayor que ambos, con dinero, lujos y una vida disipada que Jong-su ni siquiera sabía que podía existir fuera de la ficción. Ah, la ficción. Si hay una constante es precisamente el peso que la ficción tiene en la vida en esos personajes: Jong-su sueña con valerse de ella para ganarse la vida, aunque quizá también sea para escapar de esa marginal realidad en la que vive y en la que hasta su padre es un lastre; Hae-mi juega con ella como una forma de desafiar esa realidad en la que vive, aunque está abierta a cualquier posibilidad de futuro que venga. Y Ben ¿es real? Así llegamos al momento en el que todo cambia y comienzan las sospechas. Alguien desaparece y alguien quizá sea culpable de dicha desaparición. Pero, ¿en qué sentido? ¿Por qué? ¿En qué momento esto se convirtió en un thriller o es que siempre, como tantos otros en esta historia, nos negábamos a ver qué teníamos enfrente? Ah, la ficción.