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¿Quién mató al Pacto?

Peña mató al Pacto y se demostró una vez más que el poder ha cambiado mucho menos que la sociedad que se expresa en las urnas.

El llamado Pacto por México nunca fue un intento de coalición de gobierno como la que vemos ahora en Alemania que es consecuencia de un empate político entre las grandes fuerzas rivales. En nuestro país, sin embargo, existe una situación semejante: el candidato más votado no llegó siquiera al 40 por ciento. Pero como no se puede construir una alianza estable, razonada y sustentable Peña debió admitir al principio la suscripción de un listado de puntos comunes con un mecanismo único para abordarlos. Así surgió el Pacto.

La impronta del atraco electoral de 1988 sigue presente. En el fondo, es el cuestionamiento de todo gobierno priista señalado como ilegítimo. El resultado oficial de la elección del año 2006 llevó a la izquierda a negar también legitimidad al segundo gobierno del PAN. La campaña multimillonaria y el uso de la televisión privada para apoyar a Peña en 2012 ha sido otra vez un cuestionamiento de la manera como se constituye el poder político en México.

El Pacto por México no era un reconocimiento de legitimidad sino un intento de dar a la lucha política un sentido más ligado al resultado de las urnas: nadie tiene la mayoría. Las objeciones surgidas en la izquierda y en el PAN no se referían al contenido de la carta firmada sino al hecho de haber sido firmado algo entre los tres principales partidos del país. Lo criticado era la forma inédita de abordar la cuestión política y buscar un curso distinto: el diálogo organizado entre adversarios.

El Pacto por México demostró que ese diálogo no funciona debido a la forma en que se ejerce el poder ejecutivo. Después de algunos acuerdos más o menos exitosos, el gobierno de Peña decidió romper el Pacto cuando, en grosera violación del texto firmado, sacó adelante la reforma energética aceptando, además, la plataforma panista. Para lograr contratos en materia de hidrocarburos asignados por el gobierno y no por Pemex, Peña admitió la figura de permisos que en realidad son concesiones directas a las trasnacionales. El diálogo entre las tres fuerzas firmantes ya no podría seguir dentro del Pacto sino, otra vez, fue lanzado al terreno de lo incidental y escabroso.

Quien mató al Pacto fue Peña pero no debido a que no había sido una idea suya sino porque él es incapaz de administrar el diálogo entre todos sus adversarios a la vez. La agenda propia del gobierno actual es valorada como algo más importante que llevar a cabo aquella negociada con las oposiciones o, en otras palabras, la acción de gobernar se dirige más a derrotar a los discrepantes que a buscar soluciones compartidas. Pero hay algo adicional: una vez conquistado el poder ejecutivo Peña piensa que puede y debe ser para siempre, que hay que construir una fuerza capaz por sí misma de llevar a cabo sus propios designios y, por tanto, hacer del presidencialismo el factor político decisivo con mayoría parlamentaria propia. Son sueños restauradores del viejo sistema, pero tienen mayor peso que una estrategia de lucha política abierta y organizada.

Peña quiere predominar y proyectar su gobierno (las personas que lo integran) indefinidamente hacia el futuro. Los nuevos priistas no se diferencian de sus maestros. Matar al Pacto no era en sí mismo imprescindible, lo irrenunciable era imponer temas que no están en el texto firmado y dejar de depender en gran medida de las oposiciones aunque, en su conjunto, éstas tuvieron muchos más votos que Peña. Pero, además, se trata de encarar a los demás partidos uno por uno y nunca más eventualmente juntos. Por todo esto Peña mató al Pacto y se demostró una vez más que el poder ha cambiado mucho menos que la sociedad que se expresa en las urnas.

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