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Rawls y Piketty

Tenía razón Isaías Berlín cuando citó al poeta Heine advirtiendo a los franceses que no debían subestimar la influencia de las palabras salidas del cubículo de un profesor, pues podrían destruir una civilización entera. Kant decapitó la preeminencia de la religión sobre el orden humano y Rousseau fue un arma para destruir el antiguo régimen.

El libro de Thomas Piketty, ("Capital in the Twentieth First Century") publicado el año pasado en Francia y en este por la Universidad de Harvard puede sumarse a la categoría de esas obras que contribuyen sustancialmente a cambiar las cosas. En la defensa de una posición socialista o socialdemócrata, Piketty presenta una obra monumental que revisa el problema de la desigualdad. Sin entrar en tecnicismos, la esencia de su argumento es que a lo largo de la segunda posguerra y hasta el momento actual se impone la tendencia por la que la tasa de ganancia del capital es mayor que la tasa de crecimiento mundial, lo que produce una concentración inaudita de la riqueza y un incremento progresivo de la desigualdad. Frente a esta amenaza a la humanidad, las viejas políticas que aún sobreviven del estado de bienestar para garantizar los "derechos sociales" son inútiles o contraproducentes, pues corresponden a una época que concluyó, de ahí que es necesario reformularlas para hacerlas vigentes en el siglo XXI a partir de un nuevo principio de política económica: la vuelta a un impuesto universal y progresivo sobre el ingreso.

Hace cuatro décadas otro libro, la "Teoría de la justicia" de John Rawls, conmovió la filosofía política al establecer que una sociedad libre y democrática no puede justificarse si se organiza sobre bases inaceptables de desigualdad, y que su Estado solamente puede ser legítimo si extiende el principio de igualdad de libertades a todos sus miembros y admite las desigualdades únicamente (subrayo el únicamente) si favorecen el bienestar común bajo la política expresa de beneficiar a "los menos favorecidos" en la lotería social. Con evidencia histórica, Rawls mostró que la distancia entre los más y los menos favorecidos disminuye a medida que se transita del feudalismo hasta las sociedades liberal-democráticas modernas, superando contundentemente al utilitarismo y al comunismo.

Esa teoría de la justicia y su proyección sobre el Estado político le valió a Rawls la satanización desde el conservadurismo. La reforma obligada del capitalismo que implica su elaboración filosófica ha representado un desafío constante a la legitimidad de la globalización económica y a las visiones restrictivas de la democracia. Seguramente, lo mismo ocurrirá (de hecho ya está ocurriendo) con la obra de Piketty. La necesidad de reformular el estado social para garantizar oportunidades educativas y de salud para la población, de modo que pueda reducirse la desigualdad va acompañada en su propuesta de manera indisoluble del requisito de la deliberación pública democrática de la distribución de la riqueza. Podremos agregar que estas nuevas exigencias sobre la organización política de las sociedades converge con el impulso de los derechos humanos. Las demandas emergentes por su respeto y realización, los avances jurídicos nacionales e internacionales para su protección, la ampliación de la jurisdicción de tribunales internacionales y la difusión cultural de los derechos humanos presionan a los gobiernos a aplicar políticas públicas que, como su nombre lo indica aunque se haya olvidado, son para el beneficio público y colectivo, no para intercambiar favores con intereses privados.

La renovación de la economía política de la desigualdad que ofrece Piketty y la viva presencia del pensamiento igualitario de Rawls recuerdan que la fórmula de Heine sigue viva.