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Opinión

¿Reformas en acción?

POLITEIA
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Por: César Velázquez

El texto Reformas en acción, del presidente Enrique Peña Nieto, busca explicar las razones profundas de las reformas emprendidas en el periodo reciente, así como perfilar los objetivos que ahora puede plantearse el país. Diría, en principio, que es un buen ejercicio pedagógico del poder: explicar, razonar, argumentar. Más allá de la imposición autoritaria, propia del sistema cerrado, creo que ahora se puede dialogar, consentir o disentir, en un ambiente de respeto, civilidad y tolerancia. En ese ánimo, quiero expresar mi opinión respecto de las consideraciones presidenciales.

México ha vivido en el transcurso de escasos cinco lustros, entre 1988 y 2014, las más profundas reformas estructurales que se hayan experimentado en la economía, la política, la cultura y la sociedad. La reforma del 27 y del 130 constitucional, la apertura acelerada y la integración a través del TLCAN, entre otras medidas radicales, constataban el cambio de época en que la sociedad mexicana estaba inmersa.

El ciclo reformista iniciado bajo el salinismo, con su propuesta de tres grandes acuerdos nacionales (para la ampliación de la vida democrática; para la recuperación económica y la estabilidad, y para el mejoramiento productivo del bienestar popular) se inscribía en el proceso de reforma del Estado que en esa época recorría el mundo entero, y en el marco del agotamiento del viejo arreglo institucional que había surgido de la revolución mexicana.

Estos acuerdos y reformas que fueron modificando la naturaleza del Estado no pudieron, sin embargo, corregir las profundas distorsiones de nuestra vida pública. Sin capacidad para construir consensos, agotada la eficacia directiva del gobierno, se acumularon grandes déficit y se pospusieron por un largo periodo los cambios que exigían la modernización y la búsqueda de nuevas formas de inserción en el marco de la economía y la sociedad global.

Años de inmovilismo llegaron a su fin. Estos 20 meses han sido, en efecto, los más productivos de nuestra historia contemporánea gracias a una convergencia con sentido pragmático. Los cambios constitucionales, a diversas leyes secundarias, la creación de nuevos ordenamientos jurídicos y la abrogación de otros, apuntan a tres grandes objetivos: elevar la productividad para impulsar el crecimiento económico, fortalecer y ampliar los derechos de los mexicanos y afianzar nuestro régimen democrático y de libertades.

Muchas cosas han ido mal en estos años. Adviértase, por ejemplo, las coincidencias entre las preocupaciones y prioridades en materia económica, política y social planteadas en 1988 y las que ahora postula el presidente. No se ha abatido la pobreza, no se ha corregido la desigualdad, el crecimiento es mediocre, se extiende la marginación y la exclusión, el mercado interno no funciona. En suma, entre uno y otro extremo de este largo ciclo reformista, parecería que hay un tiempo circular, una repetición cíclica, un retorno eterno al punto de partida.

¿Por qué no hemos superado nuestra condición de atraso? Creo que la clave está en que las reformas han mantenido inalterado un modelo de desarrollo concentrador y excluyente, que no alienta el crecimiento y no puede proponerse políticas compensatorias que combatan en serio la pobreza.

¿Puede esta nueva reforma del Estado iniciar la ruta hacia un nuevo México? ¿Incide en el cambio de modelo para enfrentar la inequidad y la concentración del ingreso? Ese es el desafío para hoy y para los años venideros.

cvr052@gmail.com