Opinión

Reino desunido

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Por: Gabriel Guerra

Pírrica podría resultar la victoria de David Cameron, quien apretadamente detuvo el impulso independentista en Escocia echando mano de toda suerte de promesas y ofrecimientos de mayores poderes para los escoceses si permanecían como parte del Reino Unido. Apoyándose en las formidables y hasta ahora desconocidas habilidades oratorias de su rival Gordon Brown, Cameron pudo contener los ánimos separatistas y evitar el colapso de la Gran Bretaña. Pero al hacerlo, bien podría haber cavado la tumba de aquel imperio sobre el cual nunca se ponía el sol.

El dirigente conservador hizo una peligrosa apuesta cuando accedió a los términos del referéndum en Escocia. Una sola pregunta, una simple respuesta: sí o no. Derecho a participar sólo a escoceses radicados en Escocia, y el voto a partir de los 16 años. Una campaña muy bien estructurada y móvil para el Sí, una más bien burocratizada y lenta para el No. Todo apuntaba a que el momentum de los independentistas terminaría rebasando al establishment británico.

La cómoda ventaja que había sostenido al No durante meses se desvaneció, parte por la incompetencia, pero sobre todo por la autocomplacencia del gobierno británico, y dos semanas antes de la votación cundió el pánico. El gobierno movilizó todos sus recursos, incluyendo la presión a empresas y empresarios para pronunciarse sobre los peligros de la fractura del Reino Unido, un comentario "casual" de la reina Isabel diciendo que los escoceses deberían "pensar muy bien" su voto, las ya citadas concesiones y la salvadora intervención de Brown.

Hacía falta un pequeño milagro para salvar la Unión, y sucedió, pero a un costo altísimo. El margen de victoria no fue suficientemente amplio (el gobierno apostaba a un 60-40, sólo tuvo un 55-45) y el desglose generacional indica que la más amplia mayoría del No fue entre jubilados. Los jóvenes favorecieron la independencia, y seguramente lo volverán a hacer si el asunto se replantea en algunos años.

Tratando de salvar al Reino Unido, Cameron lo ha puesto en mayor riesgo con sus desesperadas ofertas de última hora. Y es que bien pronto los ingleses comenzaron a preguntarse cómo es que los escoceses habían logrado tanto en términos de devolución de poderes en materia de recaudación, gasto público y política social cuando Inglaterra es la que termina pagando las cuentas, y no tiene ni una fracción de los poderes propios que ahora han alcanzado sus vecinos y compatriotas incómodos.

Para evitar una rebelión de los conservadores ingleses, Cameron abrió la caja de Pandora: los nuevos poderes de Escocia deberán estar acompañados por iguales concesiones a Gales, Irlanda del Norte y, por supuesto, Inglaterra. Eso querría decir, entre otras cosas, que miembros escoceses del Parlamento británico no podrían votar en asuntos que sólo atañan a Inglaterra. Llevado a sus últimas consecuencias, eso implicaría lo mismo para los representantes electos de cualquiera de las cuatro partes del Reino Unido. La semilla de la desunión ha sido plantada, al menos en las mentes de algunos radicales, que sabrán llevarla lejos.

Así es como una apuesta arriesgada, seguida de meses de confianza excesiva y autocomplacencia, llevaron a Cameron a medidas desesperadas que, a su vez, lo conducen a una nueva y arriesgada apuesta, la de la fragmentación de la Gran Bretaña.

En el Reino Unido se han soltado los demonios independentistas. Intensos, apasionados, excluyentes. Son todo lo que los británicos no son. Y pueden terminar devorándose a sí mismos, y a la Unión de paso.

En otras partes del mundo ven con interés lo aquí acontecido. Y muchos, desde lejos, agradecen a Cameron y a los escoceses por la inspiración.