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Opinión

Retorno escolar a la distancia y sus emociones

HABLEMOS DE...

Por Diana Martínez Sandoval

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En las últimas dos semanas he tenido la oportunidad de leer y escuchar opiniones encontradas ante este regreso a la cotidianidad después de un periodo vacacional, el cual se sabía que por prevención sería a la distancia, pero para el cual no se estaba preparado a que su espera se aplazara. 

Siendo de mayor impacto para quienes ya hubieran tenido la oportunidad de regresar a clases presenciales e irse adaptando poco a poco a ese estilo de vida con todos los protocolos pertinentes.

Aquellos que en su mayoría se han tenido que enfrentar a un nivel de tolerancia al límite, donde ante al más mínimo detalle se reacciona y quizá no de la manera más asertiva, padres juzgando la labor del docente bajo una lupa exponenciada: docentes cansados, desmotivados, presionados, y exigiendo el logro de contenidos que deberían cumplirse en la presencialidad; alumnos con altos niveles de ansiedad, frustración, agresividad, depresión, fatiga, desinterés y apatía por aprender.

Convirtiéndose en una situación compleja para todos y al mismo tiempo se vuelve inevitable el recordar los primeros meses en los que se vivió esta pandemia. Al considerar todas las opiniones generadas en la actualidad, el impacto que está presentado sobre todo en niños y adolescentes, y el reajuste que como adultos han tenido que realizar tanto en sus hogares como dentro del ámbito educativo.

Sin duda alguna, esta situación no ha sido ni será de gran beneficio para ninguno de los involucrados en el proceso de enseñanza–aprendizaje, afectando en gran medida tanto en la adaptación académica que ya se estaba generando como la estabilidad emocional dentro de cada hogar, con base a la nueva normalidad.

Por ello, es necesario que se retomen algunas estrategias que en un primer momento fueron de apoyo para fortalecerse como equipo y avanzar ante dicha situación. 

Esas estrategias implicaban adentrarnos en el fortalecimiento de todo aquello que beneficiara la estabilidad emocional tanto de las familias como de los docentes, mediando el nivel de exigencia en los contenidos con la oportunidad de trabajar la resiliencia tanto con alumnos como con los padres, fortaleciendo esa confianza y comunicación entre docentes y padres de familia, aportándose críticas constructivas al trabajo realizado dentro de los dos espacios en los que está inmerso el alumno.

Es primordial entender que este proceso que se está viviendo en el ámbito educativo, como en otros lugares, implica un trabajo colaborativo, paciencia, flexibilidad, empatía, aprender a priorizar tanto contenidos como emociones que favorezcan el desarrollo integral de los niños y adolescentes, entendiendo que son ellos los que requieren del mayor apoyo y sensibilidad tanto de sus padres como de sus docentes.

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Ellos nunca pidieron vivir esta situación que sin duda alguna marcará su historia de vida y pasarán al recuerdo como los llamo yo, la “Generación Alhi”, ya que aun conociendo en gran medida las tecnologías, en su mayoría no estaban preparados para convertirse en alumnos híbridos transitando su educación tanto en casa como en un aula, perdiéndose de aspectos esenciales en su desarrollo como son la socialización, complicidad y aprendizaje que se adquiere en la convivencia del día a día con sus iguales. 

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