Opinión

¡AMLO y el culto al “amado líder”!

ITINERARIO POLÍTICO

Por  Ricardo Alemán

Presidente Andrés Manuel López Obrador.(Cuartoscuro)

Presidente Andrés Manuel López Obrador. | Cuartoscuro

Si aún existen dudas de que López Obrador ya se comporta como dictador, la oficina de la Presidencia, en Palacio, se encargó de regalar a los fanáticos y escépticos un retrato, de cuerpo completo, del dictador.

En efecto, mediante un cartel en el que predomina la silueta del presidente –con el logotipo del “Gobierno de México”–, los expertos en la propaganda “lopista” exaltan una leyenda que reza: “El presidente con la mayor aprobación entre los mandatarios del mundo”.

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Pero, además, el grosero culto a la personalidad insinúa –porque nunca lo dice con todas sus letras--, que Obrador es el jefe de Estado “con el mejor desempeño, superando a India, Italia, EUA, Australia, Alemania, Canadá, Reino Unido, etc”.

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¿El mejor desempeño en qué disciplina? Nunca se aclara.

Pero remata con lo que parece un evidente eslogan de campaña: “La autoridad moral se construye con el respaldo del pueblo”.

Curiosamente, detrás de la silueta del presidente aparecen dibujos del supuesto “pueblo” que sigue al “amado líder”.

La viñeta se complementa con un gran círculo, casi a los pies de AMLO, con el mensaje de que el dictador cuenta con el “60 por ciento de apoyo ciudadano”.

Sí, desde Palacio nos regalan la confirmación de que López Obrador ya se promociona como todo un dictador.

¿Y por qué se promociona como dictador?

Porque, si no lo sabían, el culto a la personalidad es uno de los signos más distintivos de los dictadores, sean los sátrapas de la Roma antigua, sean los tiranos bananeros latinoamericanos.

Pero vamos por partes.

Algunos clásicos de la ciencia política definen a un dictador como aquel gobernante que se cree iluminado, que se imagina amado por su pueblo; que no tolera los contrapesos, que llegar al poder por métodos violentos y/o por la vía constitucional, pero que –sobre todo–, impone un poder absoluto y sin límites, por vía de los hechos.

El dictador siempre busca o propicia una autoridad sin límite y sin el menor cuestionamiento; su “legitimidad” no tolera duda alguna ya que proviene del “poder divino” que le ordena ser el mayor factor de cambio en la historia.

Los dictadores son intolerables al cuestionamiento de su autoridad y suelen presumir su talante déspota y su carácter como factores reales de poder; más allá de los poderes institucionales.

Los dictadores desprecian no solo a los críticos y a quienes opinan y piensan distinto y, como el caso mexicano, siempre dicen tener “otros datos”; es decir, creen tener la verdad absoluta.

Y es que el dictador suele ser paternalista, abusivo, vengativo, intolerante, sectario, misógino y magnánimo con sus aliados y con su pueblo; a quienes defiende y perdona hasta los crímenes más atroces.

Por eso, el dictador López defiende a capa y espada a sátrapas como Manuel Bartlett, Claudia Sheinbaum, Pío López y como Irma Erendira Sandoval, entre muchos otros pillos de su Gobierno.

El dictador privilegia el culto a la personalidad, el aplauso sin freno, el elogio sin límite y la adulación hasta la náusea, lo mismo que la lealtad a toda prueba y la sumisión.

El dictador suele comparar la historia con sus logros personales, a manera de ejemplo de que los mejores pasajes de la historia son producto de sus delirios sus locuras y los supuestos logros de su poder.

Los dictadores son mentirosos, cínicos, persistentes, necios, inescrupulosos y gustan del engaño como política pública; como instrumento para alcanzar el poder.

Los dictadores disfrutan el dulce sabor del poder y la savia que somete a sus súbditos y seguidores. Por ejemplo, López Obrador denigra a los que lo adulan y lo siguen, al llamarlos “solovinos”, en tanto que se comporta indiferente con sus incondicionales y de tanto en tanto lanza latigazos de desprecio a quienes están a sus pies.

El dictador disfruta envilecer a los políticos, a los opositores, a los críticos y, sobre todo, a los ciudadanos; pero la joya de la corona de su poder es la zanahoria de la incondicionalidad; el premio y el castigo a la lealtad; premio y castigo que lo mismo entrega mediante dádivas que a través de tómbola para repartir porciones o migajas de poder, siempre por capricho o por voluntad arbitraria.

El dictador es el mayor vendedor del mundo; el político que vende y vende promesas sin límite, sin freno, sin razón y sin el menor sentido de realidad. La única realidad posible es la del dictador; en cambio la realidad real es ficción y suele ser enemiga del pueblo.

El dictador es un experto en el manejo de las emociones sociales; del lenguaje popular y de las debilidades y ambiciones del pueblo y de los poderosos.

Por naturaleza el dictador es poseedor de la mayor cobardía social; es un cobarde que nunca combate al poder criminal y menos a los poderes fácticos, a los que convierte en sus aliados; la tenacidad, la audacia y la temeridad son propios del dictador; quien tiene su propia interpretación de un Dios –cualquiera que sea--, deidad que lo eligió para ser su representante terrenal.

El dictador es un encantador de serpientes, de alacranes y de todos los bichos de la clase política; pero al mismo tiempo el dictador es “un amor” para no pocos ciudadanos desprevenidos, que caen en sus redes al primer gesto de amabilidad discursiva.

Los dictadores dominan el arte de la polarización; siempre tienen a quien culpar de sus fallos y errores; siempre clavan la duda ante buenos y malos y siempre tienen un “tótem” que es el enemigo del pueblo bueno. El dictador es, de manera indiscutible, un líder, el jefe de la manada, el “macho alfa” del rebaño; es la materialización terrenal capaz de entregarse a la masa, de despojarse de sí mismo para ser parte de la masa; “no me pertenezco”, dice Obrador, cuando quiere entregarse a su pueblo.

Para los dictadores, como AMLO, la lealtad es la mayor de las intimidades posibles; intimidad que convierte al aliado, al colaborador, al subordinado en actor de la mayor complicidad posible.

El dictador lleva a sus subordinados del cielo al infierno; a los mayores crímenes y a las más cuestionables felonías, a cambio de una palmada, de un guiño, de un aplauso público.

El dictador convierte a su feudo en una copiadora infinita que reproduce a manera de calca las mentiras, las falacias, el cinismo, los engaños y las raterías del dictador.

En Morena, por ejemplo, todos los líderes políticos, los gobernantes, los senadores y diputados; los servidores públicos y militantes son una copia, casi siempre mala, del amado líder”.

En Morena todos son mentirosos, cínicos, farsantes, engañabobos, ladrones, pillos, violadores de las reglas, de la Constitución y renegados de la realidad; todos culpan al pasado de sus horrores y errores y todos tienen una justificación para los tropiezos y traspiés.

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Y los dictadores suelen presumir que son únicos, que son los mejores, los más brillantes, los más habilidosos, los más exitosos y hasta los más guapos.

Sí, desde Palacio, los propagandistas de López Obrador nos regalaron un retrato, de cuerpo completo, del dictador López Obrador.

Al tiempo.

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