Opinión

De una rosa y la Quinta de Beethoven

LECTURAS

Por  Rigoberto Ocampo Alcántar

Un apunte de una pequeña ficción, el sustantivo se lo dejamos a los especialistas: El novelista 1 pide al académico repita la frase: “César me dijo: Nunca debes de suicidarte, porque no volverás a oler una rosa y escuchar la Quinta de Beethoven”. El novelista 1 le dijo al novelista 2: “Te cedo el derecho de usarla para una novela”. El novelista 2 le contestó: “Ya me la había platicado el académico. De hecho la tengo para un ensayo”. Y argumentando dijo: “La primera parte de la Quinta es una secuencia de dos grupos de cuatro notas que tienen en su simplicidad lo universal y grandioso de una rosa. No usa ni siquiera los metales ni instrumentos grandes. Es un juego de notas que contiene toda la belleza de una rosa”. El novelitas 1 lo interrumpió: “No, has una novela corta, o te retiro el derecho y me lo abrogo”. Para salvar el diferendo, el académico les interrumpió y contó el desenlace de aquel amigo y su recuerdo: “Una mañana habló al departamento uno de los otros dos amigos que nos reuníamos en el cumpleaños del querido profesor de química, César, en su casa. Brindábamos con una copa de vino, una solitaria rosa adornaba la mesa y escuchábamos la Quinta Sinfonía de Beethoven. El amigo comunicó que César se había suicidado y estaban velándolo en Gayosso de la Colonia Del Valle. En el aturdimiento, sólo rondaba en la cabeza la frase de la rosa y la Quinta. Salí del departamento, la funeraria estaba enfrente, y crucé la avenida a los puestos de flores. Compré una rosa y fui a la funeraria. Al llegar al salón donde lo velaban, me fui directo al ataúd. Agarré la rosa y se la aventé al ataúd, diciéndolo, ya no recuerdo en que decibeles, quizá sólo en mi imaginación: Vas mucho a la chingada mi César, porque nos dejaste solos, ahí te va tu rosa. Quizá no fueron sólo decibeles en la imaginación porque todos voltearon a verme y nadie se acercó cuándo después de tirar la rosa me salí de la funeraria”. En eso les dije a los dos novelistas, va para los tres, a ver cómo nos sale a cada uno. Total, el que una vez me rompió las hojas con mis intentos de poemas, tampoco está ya en el aquí y ahora. 

PÁRRAFOS: DEL COMMENDATORE Y EL INTERÉS 
Mucho de lo que circula por las redes sociales no es más que material que no tiene otra fuente que el interés de los otros. En su última novela Umberto Eco, demuestra cómo cualquier medio de comunicación es un vehículo de los intereses de quién comanda el medio. De hecho el principal personaje de la novela es el Commendatore, quién es el dueño del medio de comunicación, el periódico Domani, que sólo tiene su número cero, y nunca sale a la luz pública. De hecho el sustantivo de Commendatore vine derivado de la encomienda de indígenas en las colonias de América de la Corona española. Es un opresor de la libertad del otro en aras de una creencia. En ese sentido, todo lo que alguien puede leer en una red social o un medio de comunicación es una expresión del interés de otro. Ese interés es el que hay que buscar cuándo un mensaje llega a otro sobre su esposa, su esposo, su amante, sus hijos, sus socios, sus amigos, o, sus enemigos. En fin, lo único verdadero en un mensaje en las redes o en cualquier comunicación pública es el interés que está detrás de esa información. Por ejemplo, en esta entrega de Lecturas, está el interés de compartir con el amable lector, un intento literario, que versa sobre un tema sociológico, tratado a profundidad por Durkheim y Freud: el suicidio. Apenas revisado con los alumnos en el seminario de Sociología Económica. O bien, su correlación con el arte. Pero sobre todo, es el interés de transmitir, a un ser querido, a un amigo, a un amable lector, a un compañero, que siempre estará una rosa y la Quinta de Beethoven para olerla, sentirlas, verla y escucharlas antes de acercar el fin.

Y no olvidar, que no puede haber ningún interés que haga parecer que ese sentimiento se olvide y seguir luchando. Ahí sí, Nietzsche viene a la cabeza y queda el aquí y el ahora, la inmanencia. Lejos, allá muy lejos, la trascendencia y el más allá. Lo demás, son, volviendo a Eco, la legión de los idiotas.

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