Opinión

Una bicicleta con placa, la ilusión de un niño

HISTORIAS Y AVENTURAS…

Por  Rosario Oropeza

Se acabó, pasaron las elecciones. Ahora, a esperar que quien ganó, cumpla, aunque sea en parte, con lo que en campaña prometió.

Nada ofrece más tranquilidad que poseer un vehículo y que su documentación, incluyendo las placas de circulación, se encuentren en regla.

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Y es que la cultura de la ilegalidad va creciendo gracias a que el Gobierno no ejerce mano dura y, por ello, existe el sistema de engomado en carros de procedencia extranjera. Otros que ostentan placas de discapacitado sin ser cierto, o miles de motocicletas que circulan sin placas.

Recién cumplimos los ocho años y nuestro padre sacó fiada, en la Mayco, nuestra primera bicicleta. Era “Hércules”, para trabajo rudo, que usábamos para hacer mandados en Colonia Emancipación, éramos un as del pedal.

Había varias allá en el rancho pero ninguna traía placa de circulación. Nadie decía nada, hasta que cierto día llegó el run run de que todas iban a ser recogidas por la policía de Quilá.

Era, para este servidor, una ilusión ver nuestra bici emplacada, chantajeamos a nuestro padre, y a como pudo fue y compró la placa que, con orgullo, veíamos cómo se balanceaba colgada en la parte de atrás de la parrilla, a la cual atamos con un alambre delgadito.

Andaba de arriba a abajo luciendo aquella placa número 59 que decía bicicleta, con letras rojas, pero un mal día se soltó del amarradijo y se perdió. Nunca la pudimos encontrar y ahí terminó nuestra presumidera y la ilusión de niño de tener una bicicleta con placa, única que la portaba en aquel olvidado y recóndito rancho… ¡que golpe tan duro!

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