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Opinión

Una mordedura de león truncó la vida circense de Babalú

HISTORIAS Y AVENTURAS...

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Por Rosario Oropeza

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Solo aquel que no atraviesa sufrimientos, ve la vida sin aprecio, más no existe ser alguno que no haya tenido una pena. Era motivo de alegría cuando al rancho llegaba un cine o un circo, estaban de moda en los años sesentas, la tecnología acabó con esa tradición que vivió un gran auge y a cuyo espectáculo nada le competía, la radio era muy escuchada y la televisión escasa. Recaló al campo pesquero El Castillo, procedente del lado de Eldorado, un personaje muy pecualiar: Gregorio León Yépez, a quien conocimos con el apodo de el Negro Babalú. De repente desaparecía del campo, y es que su vocación era la actuación, se alquilaba con unos empresarios que manejaban el Circo Continental, el cual andaba de rancho en rancho. 

El Negro Babalú era la estrella del espectáculo, mago, faquir, bailarín y trapecista, lo mismo lanzaba fuego por la boca, que se acostaba en un tablón lleno de clavos, comía navajas de rasurar o se vestía con top y falda decorada con chaquira y lentejuela. En aquel tiempo a los circos se les permitía llevar animales amaestrados, y el Continental tenía un viejo león, flaco y mal oliente. Un día el domador faltó, entones Babalú, chicote en mano, entró al quite y se metió a la jaula a trabajar con el león. El felino estaba encabritado y con hambre, y no aceptó a Gregorio, así que sin más ni más le lanzó una mordida, le penetró sus afilados colmillos en el brazo derecho, donde le causó una gran herida, y ahí acabó la carrera del Negro Babalú… ¡Que golpe tan duro!

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