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Opinión

Salario, plurinominales y reestatización

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Por: Luis Felipe Bravo Mena

La última reforma política abrió la puerta a los ciudadanos mexicanos para que utilicemos los instrumentos de democracia directa y decidamos algunas cuestiones que son de nuestro más vivo y directo interés.

Si los partidos reúnen las firmas requeridas, y el máximo tribunal del país otorga su aquiescencia para que en las urnas los electores zanjemos cuestiones que han provocado largos debates ideológicos, la primera edición de consulta popular que tendremos en México el próximo 7 de junio de 2015 promete ser histórica. Puede ser el inicio de una revitalización de nuestra estragada democracia o su definitivo hundimiento en el pantano de la demagogia.

Las fuerzas políticas más importantes ya han desplegado las consultas-banderas con las que pretenden armar a sus candidatos en las elecciones del año próximo. Los partidos de la izquierda excitarán las fibras del nacionalismo con la intención de echar abajo la reforma energética; revertir los cambios constitucionales y legales recién aprobados en la materia para reestatizar las industrias del ramo y revivir al monopolio petrolero y eléctrico gubernamental. El PAN lanzó un obús al corazón del modelo de capitalismo salvaje con una propuesta para que por mandato popular se revise la forma como se retribuye al trabajo humano en nuestra sociedad. El PRI no se quiso quedar sin baza e inscribió en el menú de las consultas la reducción del número de legisladores de representación proporcional: los diputados de 200 a 100 y la supresión de los 32 senadores de lista, conservando los 2 de mayoría y uno de primera minoría por cada entidad federativa. Este tema, sin duda, goza de simpatía popular y lo más probable es que obtenga un rotundo y abrumador ¡Sí! en las urnas. Con el riesgo, claro está, de ser rebasados por el enojo de los electores con la clase política y los lleve a dictar en las papeletas una orden más radical de la intención priísta con un mayoritario grito ¡Que los liquiden a todos!

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Desde la antigüedad clásica Aristóteles habló de las formas puras y corruptas de los sistemas políticos: la perversión de la monarquía era la dictadura o la autocracia; la aristocracia, al depravarse, se convirtió en oligarquía; la pudrición de la democracia es el imperio de la demagogia, equivalente al actual populismo. Podríamos aplicar un criterio análogo y decir que la prostitución de la noble herramienta de la consulta popular la podría transformar en una caja de pandora de la que emerjan toda clase de calamidades por orden de la soberanía popular.

La cuestión es delicada y su solución no se encuentra en el regreso al cupulismo autoritario. Alguna vez le escuché decir a un encumbrado líder empresarial que Fidel Velázquez sostenía que la gobernabilidad del país dependía del acuerdo y las decisiones de tres personas: el Presidente, el representante de los hombres de negocios y él, jefe máximo de las corporaciones obreras. La respuesta adecuada al dilema es, como en el caso de otros muchos temas semejantes, el uso responsable de la libertad, de los derechos y de las prerrogativas de las que gozamos los ciudadanos en una auténtica y sana democracia.

Las tres consultas que los partidos pretenden el año próximo no parecen irresponsables. No obstante, es importante insistir en la necesidad de reforzar la educación cívico-democrática para que de otros ejercicios consultivos no broten sapos y culebras que aniquilen cualquier vestigio de vida republicana. La competencia partidista no debe ser un juego en el que todo se valga para acumular votos, esa ha sido la causa del colapso de muchos sistemas democráticos. Estamos a tiempo de aprender las lecciones de la historia.

Twitter: @LF_BravoMena