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Salarios mínimos

En su artículo 123 nuestra Constitución proclama: "Los salarios mínimos generales deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia, en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos...". Suena bien, solo que se encuentra a muchos kilómetros de la realidad.

El salario mínimo en México asciende a 2,018.7 pesos al mes. Y se encuentra en un 27 por ciento por debajo del conjunto de satisfactores que integran la canasta básica de la línea del bienestar que establece Coneval. De tal suerte que salario mínimo y condición de pobreza son una y la misma cosa. ("El salario mínimo mantiene la pobreza", Excélsior, 9 de mayo).

Visto contra nuestra propia historia no siempre fue así. Su punto más alto se localiza a fines de los años setenta y a partir de esos momentos se produce un desplome que lo hace perder el 71 por ciento de su poder adquisitivo. Se trata de un auténtico tobogán, hasta que a mediados de los años noventa se estabiliza pero no logra recuperar lo perdido.

El tema es aún más penoso, porque en nuestra región no son pocos los países que han logrado incrementos significativos en los salarios mínimos. Mientras en Argentina el aumento del salario mínimo real (promedio anual) entre 2003 y 2012 fue de 18.9 por ciento, en Uruguay de 12.7 y en Brasil de 5.7, en nuestro caso fue de menos 0.6 por ciento. (CEPAL. "Situación económica de América Latina 2013").

Hay quien señala que el salario mínimo en México es solo un referente para otras cosas (fijar multas y fianzas, calcular el financiamiento a partidos, etcétera), pero por desgracia, no es así. 6 millones 887 mil personas lo perciben. Lo que representa el 13.71 por ciento de la población empleada. Y si a ello sumamos a quienes reciben entre uno y dos salarios mínimos llegamos a más del 38 por ciento de los trabajadores; es decir, no se trata de una realidad marginal. De 2010 a 2011 bajó el número de personas que obtenían el salario mínimo (de 6.4 millones a 5.8), pero a partir de ese año el universo de los que perciben dicho salario se ha vuelto a incrementar.

Por ello, no parece artificial el llamado que realizó el jefe de Gobierno del DF para discutir el tema. Por el contrario. Razones éticas, económicas y políticas existen para no darle la espalda a tan relevante asunto. Las primeras quizá no conmuevan a nadie. Somos, como sociedad, impermeables a esa dimensión. Desde que el mercado se convirtió en el metro de todas las cosas, en el criterio de verdad, la ética es un capítulo impertinente. Pero tras cada discusión económica o política es fácil detectar el cuadro de valores que sostiene a las diferentes posiciones. Y una comunidad que no se pregunta por la clase de vida que llevan millones de familias cuyos ingresos no alcanzan para sufragar las necesidades más elementales, es una colectividad no solo insensible sino quebrada.

Pero hay también buenas razones de carácter económico para subrayar la necesidad de un proceso a través del cual se vayan fortaleciendo los salarios. Quizá nuestro precario crecimiento se deba en buena medida a que el mercado interno no crece como debería y apostar todo a la expansión de las exportaciones parece no ser suficiente. A lo largo de más de tres décadas el jueguito del huevo y la gallina se ha leído como primero hay que crecer y luego vendrá el fortalecimiento del salario mínimo. A lo mejor con una política pro salarios, el mercado interno tendería a expandirse y con ello, otra vez a lo mejor, se generaría un buen motor para hacer crecer, en serio, al conjunto de la economía.

Porque al final, en términos políticos (en el sentido más amplio del término), de lo que se trata es de construir una convivencia digna de tal nombre. Mientras lo que hoy tenemos es una sociedad escindida, polarizada, cuyas relaciones están marcadas por una terrible tensión. Y el caldo de cultivo de esa realidad no es otro que las abismales diferencias sociales que cruzan a México, en buena medida producto de un deterioro sostenido -hoy estabilizado- de los ingresos de millones de asalariados.

De tal suerte que hoy que se ponderan, y con razón, las virtudes del debate público, no estará de más que parte de las energías de nuestra sociedad se orienten en esa dirección. Porque a querer o no la calidad de vida de millones de familias depende del salario mínimo real que se encuentra en otro planeta comparado con el salario mínimo constitucional que parece más una promesa, quizá una ilusión.

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