Opinión

Modelo económico neoliberal

SUSTANCIA SIN RETÓRICA

Por  Saúl Lara Espinoza

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México(Foto: El Debate)

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México | Foto: El Debate

El modelo económico neoliberal, —parte de un proyecto globalizador impuesto a muchos países, entre ellos México—, que responde principalmente a los intereses de sectores minoritarios del capital financiero transnacional y a las élites muy reducidas de empresarios monopolistas de nuestro país —configuradas por alrededor de veinte familias—, constituye un conjunto de políticas económicas conservadoras, que aún siguen vigentes con ciertos matices, pero rechazado por el Gobierno de la 4T y por otras muchas naciones de América Latina, debido al impacto negativo que tuvo en sus economías, y que empobreció a las clases medias bajas, y a millones de pobres los arrojó a la franja de extrema pobreza y, a los que estaban en esta, los lanzó a la miseria total. 

Es muy claro que este modelo ha fracasado y es insostenible en nuestro país y también en otras latitudes del mundo. Hay que recordar que durante los últimos treinta años, hemos visto al menos dos indicadores de agotamiento del modelo neoliberal en México: el primero de ellos es el aumento significativo de la economía informal que se asocia con empleos de baja calidad y mal remunerados, y el segundo es el gran flujo de trabajadores excluidos de nuestra economía, que decidieron abandonar sus hogares y emigraron al norte en busca de oportunidades de empleo y salarios más altos.

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A partir de un análisis comparativo de los logros económicos del viejo modelo conocido como industrialización por sustitución de importaciones —ISI—, contrastado con el actual, el llamado industrialización orientada a la exportación —OIE—, se argumenta que con todas sus carencias —reales o supuestas—, que el anterior modelo ISI contiene más elementos rescatables que el actual para construir una alternativa de futuro.

En este sentido, consideramos que es imperativo que el actual y futuro gobierno sea capaz de crear mecanismos institucionales para limitar el gran poder económico de los grupos monopólicos, que no solo restringen la libre competencia, sino también generan ineficiencia, altos costos sociales y representan una gran carga y fuerte resistencia para la democracia y la gobernabilidad, que hasta plantean, a través de sus voceros e intelectuales orgánicos, el derrocamiento del gobierno a cargo de Andrés Manuel López Obrador, como si dichos grupos monopólicos fuesen los únicos que piensan y cuentan en este mundo, desconociendo al resto de los millones de mexicanos, pasándose así por el arco del triunfo lo que debe ser un auténtico sistema constitucional y democrático de derecho, donde todos caben y cuentan por igual.

Aunque esos grupos de poder, también llamados poderes fácticos, que operaron —desde el gobierno de Salinas al de Peña Nieto— de manera paralela al poder legítimo de las instituciones, y que hoy emplean su poderío económico para tratar de seguir controlando al poder formal, y así garantizar que las decisiones que tomen las máximas autoridades se ajusten a sus intereses como grupo, a lo cual el presidente AMLO no cede por tener paradigmas y convicciones diametralmente opuestas. 

Hoy, por fortuna, ese puñado de poderosos, reiteramos —alrededor de veinte familias—, representantes del capital financiero, ya no controla de modo absoluto la economía ni maneja los hilos del poder político a su antojo. Ahora, observamos que con AMLO sí existe rectoría económica del Estado como lo mandata la Constitución.

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