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Opinión

Se desbarrancó la mula, y se acabó el negocio del oro…

HISTORIAS Y AVENTURAS...

Por Rosario Oropeza

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Los humanos nos parecemos a los vehículos automotores, de viejos salen todas las fallas y caminamos con ayuda y a puchones.

A las personas de antes les ponían por nombre a como traían en el calendario, por eso nuestro abuelo se llamó Epitacio; un tío, Heraclio, y mi padre, Urbano.

Era arriero en sus tiempos mozos nuestro abuelo, es decir, tenía una recua de mulas en las cuales transportaba piedras que contenían oro, desde el mineral de Tayoltita, Durango, hasta los molinos que estaban en San Dimas, cabecera de ese municipio colindante con el sur en Sinaloa.

El camino era agreste, muy angosto, en algunas partes acantilados y laderas, debía rodear el arriero grandes quebradas y era común que las mulas y otros animales de carga que utilizaba, se fueran al desfiladero.
Cada animal que se iba al despeñadero jamás se recuperaba, y por consecuencia, tampoco la carga, así es que el arriero que era responsable de aquel mineral, salía perjudicado.

Nuestro abuelo Epitacio llegó a poseer más de 20 mulas que puso al servicio de los dueños de las minas de Tayoltita, consideradas de las más ricas en oro y plata del país en aquellos tiempos.

Cada viaje duraba varios días, la distancia entre Tayoltita y San Dimas no era mucha, pero a lomo de bestia se tornaba lenta y larga la travesía.

Y así, poco a poco, el abuelo fue perdiendo las mulas de una en una, las que no pudo reponer y el negocio de arriero se le venía abajo.

Al final, se quedó con dos y un mal día de tormentosa lluvia en la sierra, entre rayos y centellas, nuestro abuelo vio rodar por el acantilado sus dos últimos animales, que se fueron al infinito, y el negocio se acabó. ¡Que golpe tan duro!

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