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Si vamos atrás, vayamos adelante

DIVAGACIONES DE LA MANZANA

De nueva cuenta nos llegan informes sobre la situación socioeconómica de México y, hay que reconocerlo, los indicadores no sólo son desfavorables sino muy alarmantes. Se trata de un tema que nos cuesta trabajo aceptar pero que, ni hablar, es una realidad innegable que más nos vale asumir para estar en condiciones de corregir y reencauzar.

Me refiero ahora al informe que llamado "Panorama de la sociedad 2014", que formuló la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), de la cual formamos parte.

La retahíla de indicadores desfavorables para México empieza por decir que nuestro país tiene el ingreso más bajo de todos los países miembros de esa organización. También apunta el hecho de que la capacidad adquisitiva de las familias mexicanas ocupa el penúltimo lugar de la lista.

Y si nos referimos a la desigualdad de ingresos, hay que señalar que casi encabezamos negativamente la lista de todos los países. Ocupamos uno de los sitios más desventajosos si se trata de los llamados ninis, es decir, jóvenes que ni estudian ni trabajan. En este renglón específico nuestro país está en el cuarto lugar, después de Grecia, Turquía e Italia. Pero eso no debe tranquilizarnos, pues el dato es alarmante: 21.1% de los jóvenes mexicanos están en esa preocupante situación.

Y peor aún si atendemos al indicador de pobreza, renglón donde aparecemos con un 20% del total de la población frente al 11.3% promedio de la OCDE. Y ni hablar del rubro de personas que consideran que no tienen dinero suficiente para comprar comida, donde aparecemos con un 38.3% de la población, frente al 13.2% del promedio entre los integrantes de la OCDE.

Seguimos: Uno de cada cinco mexicanos es pobre, mientras entre los países de la OCDE el promedio es de uno por cada diez...

Los datos son inquietantes puesto que representan una rémora para el desarrollo de nuestro país, pero revelan también riesgos y amenazas para nuestra estabilidad social.

Urge, entonces, que se redoble el apoyo a los programas sociales en México, los cuales, por cierto, también son de baja monta, pues mientras los miembros de la OCDE destinan en promedio un 21.9% del producto interno bruto a esos fines, en nuestro caso ese rubro apenas alcanza el 7.4% del PIB.

Junto a la necesidad de acrecentar el presupuesto en materia de inversión social, la otra urgencia es el impulso a la propia economía con mayores inversiones (locales y del exterior), así como la multiplicación de empleos.

Es cierto que en este sentido el gobierno actual ha emprendido reformas importantes, pero es preciso que en el plazo inmediato los cambios alcanzados se conviertan en beneficios prontos y tangibles para la población en general.

No nos gusta regodearnos en las adversidades de nuestros días, pero tampoco debemos soslayarlas, por lo que es preciso acelerar el paso para combatir tanta desigualdad. De hecho, este mismo año deben advertirse los avances y traducirse en beneficios generalizados para revertir tan inquietantes estadísticas en el rubro del bienestar social, donde tenemos una de las calificaciones más bajas entre los países que conforman a la OCDE.

No hay más tiempo, no hay más prorrogas. Ésa es y debería ser la prioridad nacional en el corto y mediano plazo. Prefiero, entonces, imaginar que lo lograremos gradualmente, sin retroceso alguno, pues peor no podemos –ni queremos, ni debemos– estar.

De no ser así, podrían venir tiempos borrascosos que a nadie favorecerían y sí, en cambio, tenderían a hundir y postrar a la nación.

Me quedo, pues, con la idea de que podemos avanzar, para lo cual no hay otra salida que no sea el esfuerzo, el trabajo y la solidaridad social, más allá de la autoflagelación o el escapismo estéril.

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