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¿Sin salida o sin aliento?

Sin que haya sido precisada, como era necesario, la propuesta del candidato Peña Nieto era inequívoca: el país tiene que crecer económicamente, para dar cabida al crecimiento demográfico ya determinado por las tendencias emanadas del cambio en la demografía que arrancara desde los años setenta del siglo pasado. Nada nuevo, pero a la vez insoslayable y, en esos términos, compartible por prácticamente todas las propuestas hechas durante la campaña de 2012.

La necesidad de crecimiento económico no debería reclamar de mayor argumentación. Las camadas juveniles se han apoderado de la escena social y podrían volverse olas de exigencia de una política diferente, como lo anunciaran con más eficacia que capacidad de durar los estudiantes del "Yo Soy 132" del año antepasado y su demanda es contundente: una política de la honestidad como la exigida solo puede descansar en una economía robusta y dinámica, que genere los bienes materiales y los excedentes necesarios para alojarlos en empleo, la educación superior y el esparcimiento indispensables para que la tentación de la violencia o del éxito fácil no se imponga como cultura y modo de vida.

Sin buenos empleos, seguros y bien remunerados, las familias amplían su radio de acción en la economía y la mayor parte de sus miembros tiene que acercarse al mercado laboral so pena de caer en la pobreza o la indigencia. Por eso es que el lamentable cuadro laboral mexicano, signado por los bajos y muy bajos ingresos para la mayoría, no se ha trocado en un cuadrilátero del horror. Como sea, al costo que sea, la mayoría de los mexicanos trabaja y coopera para la subsistencia familiar sin importar el desgaste que ello implique para la vida colectiva y personal.

Por un buen tiempo, la expectativa la definió el Norte, como pauta de consumo asequible o hábitat deseable y alcanzable mediante el paso del norte pero, como la enramada, esa opción se secó. Y ahora, más allá de cuales puedan ser las tendencias dominantes en el corto plazo de la economía mundial y la de Estados Unidos de América, donde para nosotros se resume el mundo, no parece haber escape o grados de libertad promisorios: lo que manda es lo que la crisis global nos ha dejado como postre envenenado de los años jolgoriosos y se traduce en poderosas fuerzas económicas, ideológicas, políticas y culturales en favor de la austeridad de la mayoría, lo que significa estancamiento histórico del modo de vida social.

Panorama lúgubre que hace honor al viejo monje Malthus y quiere arrinconar la convocatoria lúcida y humanista de Keynes y sus camaradas, así como el mensaje movilizador tejido por los pioneros y sus seguidores del desarrollismo ilustrado. Pero, en estas cosas, hay que insistir, no hay mandato inapelable, menos único. Lo que de vez en vez lo vuelve como un imperativo categórico, son las masas indefensas que de pronto descubren la hipótesis de un poder subterráneo que podría conmover y remover sabidurías caducas y llevar las estructuras del poder a la aceptación de la necesidad del cambio, bajo la premisa gatopardiana de que hay que cambiar para todo se mantenga igual.

Que nada de eso ocurra hoy, no impide registrar las paradojas terribles que acosan el poder constituido, así como al que se instala entre nosotros con cargo a su riqueza y sin pedirle permiso a nadie. México florido y espinudo, dijo Neruda, pero hoy moderno, abierto al mundo y a sus tentaciones igual que poblado de pobres con y sin solemnidad y cruzado por la herida histórica, necia y soberbia, de una desigualdad que no se inmuta ni estremece por las señales ominosas del subsuelo.

Crecer ya y hacer que se sostenga por muchos años, es el único vehículo para abrir espacios a tanto reclamo soterrado, tanto encono dejado en el catre o la cocina, antes de tomar el metro o sufrir de principio a fin la tortura cotidiana e inclemente del transporte público. Sin crecimiento, no hay cemento social ni habrá placebo ideológico y cultural de los que echar mano.

El convenio, la cita, no es en el cenáculo exquisito o el mensaje cifrado de la compra y venta de protección que se ha apoderado de nuestro sistema de medios. Pudo haber estado en el Congreso, plural y diverso como en pocas ocasiones, pero sus pobladores cultivan el autismo, cuando no el negocio vil.

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