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Sinaloa: el fusible de la gobernabilidad

POLITEIA

Durante muchos años en nuestro país, el desarrollo, la industrialización y la urbanización se financiaron mediante una creciente transferencia de recursos del campo a la ciudad. Sin contrapartida de políticas públicas eficaces para capitalizar el mundo rural, mejorar productividad y competitividad, empezaron a profundizarse desequilibrios estructurales con las consecuentes tensiones políticas y sociales que en no pocos momentos han estado a punto de convertir al campo mexicano en un auténtico polvorín.

Sinaloa, un estado productor de alimentos y pieza clave en la seguridad alimentaria del país, ha vivido –y está viviendo— esas tensiones. Ocurrió a propósito de la entrada en vigor del TLCAN y el proceso de eliminación gradual de aranceles para productos agrícolas, que permitió a los productores locales un proceso de adaptación a las nuevas realidades de mercados abiertos, pero que siguió resintiendo la ausencia de una política de horizonte amplio para abordar los problemas de funcionamiento del aparato productivo.

En este momento se advierte la acumulación de todas estas contradicciones y conflictos. Los riesgos que los productores ven en la reforma fiscal, la reducción del ritmo de actividad económica, las nuevas leyes –incluidas las relativas al lavado de dinero—que reducen los mercados, conforman un entorno de incertidumbre en las expectativas al que se suma la irritación por los bajos precios en prácticamente todos los bienes primarios, lo que conforma un coctel explosivo de tal modo que una sola chispa puede incendiar la pradera.

Lo real es que no ha habido una política de Estado que busque la competitividad, y los propios productores no han sido muy dados a ello, reproduciendo viejas prácticas que mantienen al sector en el cabuz del tren de la modernidad. La reforma del campo, que ha anunciado el Gobierno de la República, puede ser la oportunidad para diseñar una política con un más amplio horizonte de visibilidad, pero a condición de que, más allá de los cambios cosméticos, se incida en los temas claves de rentabilidad y apropiación de valor por parte de los productores directos.

A su vez, se requiere de un liderazgo sólido que aliente la unidad del sector y tenga capacidad de negociación, que pueda identificar dónde está el problema central –la ausencia de una política de Estado--, y que pueda decirle a sus agremiados la verdad y no lo que quieren escuchar. En suma, se requiere un liderazgo con autoridad, y lo que vimos ayer fue una ausencia total de liderazgo, que puede ser riesgoso para la estabilidad.

Con líderes desbordados y con una masa irritada dispuesta a acciones que se sabe cómo empiezan pero no cómo pueden terminar, se advirtió la capacidad de liderazgo del gobernador Mario López Valdez. Un discurso que atemperó los ánimos exaltados, llamó también a darse un plazo para buscar alternativas, que sin duda las hay, sobre todo si hay voluntad del gobierno federal.

Un líder debe, ante todo, tener sentido de la responsabilidad. Más cuando tiene responsabilidad institucional. Por eso, a punto de estallar el polvorín, Malova dijo algo a tener muy en cuenta: "yo les quiero pedir por favor que no quememos el fusible… Creo en su lucha, no los voy a dejar solos, pero necesito que me ayuden a que la gobernabilidad no se pierda, en esas condiciones se tiene que ser responsable".

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