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Sueños

DESDE LA CONFRATERNIDAD

Dicen que es más feo morir de hambre de sueños que de hambre de pan. Y también dicen que la sed de sueños nos mata casi tan rápido como la sed de agua. Frases que dan elementos suficientes para reflexionar y que están ligados a la vida y a la muerte, porque dejar de hacerlo equivale a morir. Además nuestra mente no puede soportar la realidad sin soñar, lo que equivale a dejar de ver con la imaginación el futuro que deseamos y si estamos impedidos de esto, entonces no podemos contar con la esperanza. Según yo, existen dos tipos de sueños: el que ejercemos cuando dormimos y el que llaman algunos "soñar despiertos". Del primero dice la española Eugenia Rico que hay una manera de matar a un hombre con suma crueldad, la cual consiste en no dejarlo dormir. Acto en el cual se consigue la muerte no porque no se puede descansar, sino porque no puede soñar. Quiero, esta vez, escribir del segundo tipo. Soñar despierto equivale a practicar la imaginación y a construir la vida con el cemento de la fantasía. Es el sueño que nos impulsa a visualizar algo en el futuro por lo cual estemos dispuestos a emprender la más ardua de las tareas. Este tipo de sueño es tan energizador, que complementa con sobredosis la energía que suele proporcionarnos el alimento. Alguien, acaso, ¿no sueña con una vida mejor? La respuesta a esta cuestión en particular es el sueño de la gran mayoría de los humanos durante toda su vida. Sin embargo, esta universalidad tiene su particularidad que nos ubica en lo local, porque cada quien tiene su sueño propio. De alguna manera, este sueño de vivir mejor motoriza los esfuerzos para contar con mayor número de bienes, sean espirituales o materiales. Y que por su obtención se puede llegar a los extremos de maldad y de santidad. Esta vez no deseo hablar de los sueños desde el punto de vista natural, sino del hermoso sueño que inspira a los poetas y al novelista, que fortalece al pintor con el deseo cromático de bajar al arco iris a un lienzo. Esos sueños que han inspirado las grandes obras a hombres como Stravinski, Gógol, Van Gogh, Chaplin y Kafka. Sueños que te elevan y te sacan de lo material para convertirte en una nube llena de encanto y de sonrisas de sirenas de alta mar. Soñar de esta forma en cumplir con escuchar sonsonetes que emite el festejo de notas del celeste mundo. Eso y mucho más es soñar así, porque se puede brincar sobre la ola y convertirte en espuma que chisporrotea junto con la arena grávida y tibia. Soñar así es caminar con el brazo adornado con plumas en el aire del horizonte perdido. Soñar como digo, es lo que produce los libros y, por ende, los cuentos, las novelas, los ensayos y los artículos, mismos que provocan el sueño inspirador en los que están del otro lado y que a su vez puedan soñar su propia película. Por eso los sueños de cada uno son de alguna manera interactivos o participativos. El producto elaborado del sueño concebido produce la obra, que si es una novela se convierte en el único lugar en donde dos personas que no se conocen y que jamás se han visto, pueden intimar en un acto que fue provocado por algún sueño remoto del escritor. El lector y el escritor, así como el músico y el escuchador, así como el pintor y el que contempla su obra, se reúnen para celebrar un encuentro secreto que se disfruta ahí, pero no termina ahí, ya que el receptor queda envenenado por el dulce esplendor de la letra, la nota o la gota de pintura. Y tan no acaba ahí, porque en esa alma permanecerá vivo el sueño original que produjo el emisor que regalo, convertido en obra, a un desconocido. Así, es como quiero soñar, así es como quiero vivir, penetrado y aguijoneado por las letras o arrebatado por los sones o vislumbrado por los colores. Así quiero vivir, y nunca de otra manera, así, como si se me fuera la vida en cada acto de soñar.

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