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Sufriendo esperas

PISTA DE DESPEGUE

Resulta notable que para su segundo largometraje, Blue Ruin (2014, Estados Unidos), el guionista y director independiente Jeremy Saulnier no siguiera la senda de la comedia de terror que escogió en su debut: Murder Party (2007), y optara por una reinvención minimalista e introspectiva del revenge movie americano.

Un indigente barbado (Macon Blair) que suele entrar en casas cuando no están sus dueños para tomar duchas o prepararse un sandwich (cuando no está recogiendo uno de algún bote de basura), es buscado por una oficial de policía (Sidné Anderson) hasta su destartalado auto-hogar estacionado cerca de una playa (un Pontiac azul dejado a su suerte que es la ruina azul del título). La oficial de policía lo lleva a la comisaría no para hacerlo pagar por unos de sus faltas, sino para informarle que alguien que él conoce está por salir de prisión. Eso hace que aquel hombre cambie radicalmente. Lo vemos con su rostro descompuesto vagar por las calles, luego sacar de la cajuela la batería de su auto. Lo vemos ponerle gasolina y aire a las llantas y comenzar un viaje que lo llevará hasta las puertas de una prisión. Lo vemos sufrir esa espera por horas hasta que una limusina blanca cargada de personas llega justo a tiempo para recoger al ahora ex-convicto. Lo vemos guardar su distancia mientras sigue a la limusina hasta que ésta se detiene en un restaurante del camino. Lo vemos entrar sigilosamente por la puerta trasera de restaurante, esconderse en el baño y esperar. Lo vemos sufrir esa nueva espera. Y cuando el ex-convicto entra, vemos cómo lo ataca y mata con un puñal.

Para eso ya hemos consumido casi 25 minutos de su hora y media y aún no ha quedado claro ni quién es ese hombre y quién era ese ex-convicto. Sabemos que se ha gestado una venganza, pero no los motivos. Apenas y se han escuchado diálogos, y casi todo lo que ha ocurrido bien podría llamarse tiempo muerto en cualquier otra cinta, pero aquí es lo que nos ha mantenido atentos a todo lo que pasa en pantalla.

Al cine norteamericano no le sobran historias de venganza. Inclusive cineastas como Quentin Tarantino la han hecho el tema central de varias de sus películas. Sin embargo, basta este título para que el joven cineasta Jeremy Saulnier deje una marca difícil de borrar en el subgénero, y con un proyecto que fue financiado por la plataforma Kickstarter.

Luego de haber asesinado al ex-convicto y lograr escapar de sus familiares, Dwight, nombre del indigente barbado, vuelve a entrar en otra casa para rasurarse, cortarse el pelo, curar sus heridas, comer algo, cambiar de ropas y revisar los canales de noticias. Ninguna noticia habla del asesinato. Pierde su auto en su huída, así que hace auto-stop y llega hasta la casa de su hermana Sam (Amy Hargreaves). Sabe que si los hermanos de su víctima no informaron a la policía (y por ello no hay noticias del asesinato), es porque han decidido también hacer justicia por su propia mano. Viven en una ciudad pequeña, todos se conocen. El ex-convicto, Wade Cleland, es parte de una familia que suele hacer las cosas al margen de la ley. Fue a parar a la cárcel por haber asesinado a sangre fría del padre y la madre de Dwight y Sam. Dwight obliga a su hermana a dejarlo solo en su casa. Antes de anochecer, junta los instrumentos cotidianos que puedan servirle como arma y se sienta frente a una ventana para sufrir una nueva espera.

Blue Ruin está construida no para congratular o cuestionar la venganza o al vengador, sino para mostrarnos, lo más faulkerianamente posible, las cicatrices de una nación dividida por su derecho a portar armas y por las obvias consecuencias de dicho derecho.

En algún momento de la película, Dwight es salvado por su amigo de infancia (y aficionado a las armas) Ben (Devin Ratray). En shock por lo que acaba de suceder, Dwight repite: su rostro… Su rostro. A lo que Ben le responde: Eso es lo que hacen las balas.

Sí, las balas matan, laceran y destruyen. Solo que a veces, la ficción hace que lo olvidemos.

@duendecallejero