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Súper secreto

PISTA DE DESPEGUE

Hace unos años, presumíamos nuestra ignorancia de forma cotidiana. Bastaba que en un encuentro cualquiera alguien dijera que se mantendría el contacto por medio de correo electrónico o alguna red social para que otro lanzara la boba advertencia de: cuidado, que todo lo que me subas o compartas puede acabar en WikiLeaks. En la creación del australiano Julian Assange no hay un interés en la información que produzca el ciudadano promedio, ni se dedican a hackear cuentas para robar información sensible. Resulta increíble que luego de tanta presencia en los medios, por ahí siga un puñado que aún no comprende que lo que se hace en WikiLeaks es un trabajo similar al de cualquier periódico, noticiero o blog informativo. La única diferencia es que, según ellos, no hay una línea editorial impuesta por algún interés interno o externo del grupo, además de un nulo interés económico. WikiLeaks no roba secretos, sólo los hace públicos. Pero antes, los recibe de alguien, que, cierto, quizá sí hackeara cuentas, pero que quebranta la ley por un bien mayor: el informarle a todos qué hace el rico y/o el poderoso sin más intermediarios que el click de un mouse. Así, el hacker se convierte en esa fuente anónima que por diversas razones, todas legales (y por ahí se dirá que también éticas), en ningún medio formal se le dará cabida a pesar de la relevancia de la información que ofrece. Sólo Assange y su tropa se animarán a recibir todo aquello y sin cambiar una sola línea ni oscurecer un nombre o dirección, menos editorializar, harán pública toda la información para que ya los lectores decidan su consecuente actuar sobre el tema o evento desenmascarado. El fin justifica los medios, esa podría ser la síntesis del actuar en WikiLeaks en caso de querer parecer pragmáticos al respecto. Sólo que nada es tan simple como para que pueda reducirse en una frase mil veces citada y también mil veces descontextualizada. Y es en ese punto en el que la cinta El Quinto Poder (2013) de Bill Condon encuentra su respectivo firewall.

Tomando como punto de arranque y final la famosa filtración de documentos de inteligencia del gobierno de Estados Unidos en el 2010, la cinta intenta hacernos entender tantas cosas, como por ejemplo quién puede ser Assange y qué interés tiene en el secreto de los otros, que acaba descuidando lo más importante de toda película: contar una historia.

En pantalla veremos y conoceremos al hosco y megalómano idealista Julian Assange (Benedict Cumberbatch), que forma una alianza con el correcto y sencillo idealista Daniel Domscheit-Berg (Daniel Brühl) para cimentar la reputación de WikiLeaks en todo el mundo. También en pantalla veremos como el primero, quizá por celos o mera inseguridad, acaba minando la fructífera relación con el segundo, fragmentando la organización completa en el camino.

En resumen, estamos ante una revisión bastante contenida de La Red Social. Sólo que a diferencia de la cinta de David Fincher, El Quinto Poder carece de ese agudo análisis sobre la retorcida personalidad de ese nuevo líder de opinión. Vamos, todo queda en guiños y frases tan reiterativas como huecas: esta es una revolución, estamos cambiando al mundo, etcétera. Resulta curioso que eso suceda teniendo en cuenta que apenas meses antes del estreno de la cinta de Condon, el documentalista Alex Gibney presentó We Steal Secrets: the Story of WikiLeaks, película en la que se intenta también explicar la creación y el desarrollo de WikiLeaks mientras se nos perfila a Julian Assange como una compleja mezcla de héroe, villano y tirano.

Ambas cintas ahora han sido desprestigiadas públicamente por su objeto de analisis, pero me temo que con el pasar de los años, cuando se quiera ver cómo se contó masivamente ese pedazo de historia, la cinta de Condon alcanzará cuando mucho una cita a pie de página, mientras que la de Gibney, a pesar de no contar con una sola declaración oficial de Assange en su metraje, ocupará al menos un capítulo.

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