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Techos a la intemperie

Si es indebido, más que malo, que los funcionarios públicos hagan campaña electoral anticipada presumiendo obras que han realizado, más indebido resulta, y además malo, que, para descalificar a su competencia política, bloqueen la construcción de obras o la prestación de servicios de beneficio popular que lleva o pretende llevar a cabo una administración abanderada con otro color.

Ése es el caso, y no es único, de los 600 techos de teja y lámina que la Sedesol federal mandó a Monterrey hace seis meses, como parte de la primera etapa de la Cruzada Nacional contra el Hambre, en la que el municipio de Monterrey fue el único incluido en el Estado.

Los 600 obsequios para los pobres permanecen desde diciembre del 2013 en el estacionamiento del Parque España, convertido virtualmente en tiradero de basura, pues la administración panista de Margarita Arellanes, si bien dio por recibido el material, se ha rehusado a su distribución e instalación, dado que no ha sido notificada.

El gobierno federal no ha avisado, vía el tradicional y burocrático oficio, de la entrega a la municipalidad por parte del gobierno federal priista de Enrique Peña Nieto, autor y promotor de la Cruzada, algunas de cuyas líneas, como la de los techos, delega para su ejecución final en las autoridades municipales, presuntamente sin distinción de partido, ni de allá pa'cá, ni de acá pa'llá.

Porque la carretera es de dos carriles, ya que el delegado de la Sedesol, el priista Pablo Elizondo, no ha tenido tiempo ni cabeza para generar el papelito que exige la alcaldesa para clavar los techos que podrían ayudar a muchas familias miserables.

Y no los tendrá, pues, igual que a la panista, al priista le interesa descalificar a su competencia, no calificar al pueblo, lo que a alcaldesa y a delegado, junto con los superiores de ambos en el centro del país, les importa un cacahuate.

Me parece que el asistencialismo limosnero oficial no sacará a los mexicanos de la pobreza, como se lo escribí aquí mismo el lunes pasado. Pero menos saldremos del pozo si echamos en él, como para sepultar a los millones de pobres que están abajo, las limosnas que el superior gobierno priista manda hacer para que las repartan los gobiernos inferiores, incluidos los panistas.

No quiero hoy enfocarme en la bondad o perversión del asistencialismo, sino en la actitud, ésa sí aviesa, de los políticos, especialmente los que están en el poder que, como en este caso, utilizan, de los dos lados, cuantiosos recursos públicos, como antipromoción de sus competidores.

Mas no sólo los usan, sino que, más bien, los desusan y los tiran al basurero, donde los 600 techos destinados a tapar a los pobres se deterioran sin ser instalados en ninguno de los hogares a cuyos habitantes se pretendía proteger.

Esos recursos no son de Margarita Arellanes, ni de Pablo Elizondo, ni de Gustavo Madero, ni de Enrique Peña Nieto, aunque ellos así lo crean y lo sostengan.

Esos recursos ya ejercidos y seguramente pagados (o comprometido su pago en especie a futuro por los contendientes electorales) son del pueblo, de un pueblo condenado a la pobreza y encandilado con programas asistenciales que paga, porque el pueblo es el que paga, aunque sea con votos, pero no disfruta, pues la Alcaldesa de Monterrey, el delegado de la Sedesol federal, el Presidente de la República y los jefes de sus partidos, de muchas maneras subordinados de Peña Nieto, empezando por el panista, están emperrados en una campal, en la que usted es el costal, mi querido vecino, para sacar del juego al contrario político.

Contrario de a potis, pues los cínicos priistas y los deshonestos panistas se pondrán de acuerdo a la vuelta de la votación, como ya lo hemos visto en las vergonzosas negociaciones interpartidarias disfrazadas de contienda, que se avientan en las cámaras, en los partidos y en las comelitonas de Ayuntamiento de unos con otros, perfectamente viaticadas con cargo a los pobres a los que hay que ponerles techo, un techo que sí tenga techo.

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