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Tinta roja, celuloide negro

PISTA DE DESPEGUE

Pongámonos históricos. El primer roce de Frank Miller con el cine ocurrió en el año de 1990, cuando le llegó un encargo nada desdeñable: escribir el guión para la secuela de Robocop de Paul Verhoeven. Y esa experiencia como casi toda primera vez, fue frustrante. A los productores y al director Irvin Kershner les encantó el guión, pero a la hora de sentarse a planear la filmación, aquello fue el caos.

El problema fue el barroquismo planteado por Miller. Había tanto material y tantas subtramas que inclusive alcanzó para una tercera película, una serie de televisión de una temporada y un serial en cómic. Asqueado, Miller regresó a los cómics volviendo a bocetear, entintar y escribir personajes claves del cómic de masas y proponiendo sus propias creaciones. Así nacen Sin City y 300.

Para muchos críticos y fanáticos, lo fabuloso del estilo de Frank Miller es su cualidad para reinventar los mitos más allá de la bidimensionalidad de todo héroe trágico. A él le debemos, por ejemplo, dos de los capítulos más oscuros y renovadores de Batman (The Dark Knight Returns y Batman: Year One). El esquema milleriano es simple: para que el héroe gane, primero debe perder. Caballeros con armaduras ensangrentadas, les dice; personajes afligidos por algún mal físico (a Miller le preocupa mucho la edad), historias plagadas de críticas mordaces a la religión, desarrolladas en mundos alternos e imposibles, con un abierto homoerotismo y finalmente, una politización bastante básica.

Invitaciones a colaborar con el cine nunca le faltaron. Pero el espectro Robocop lo mantuvo alejado hasta el año del 2004, cuando aparece en varios portales de internet un corto llamado: Rats: A Sin City Yarn, homenaje de parte de David Brocca ante una inminente traslación de Sin City a la pantalla grande, firmada por Robert Rodríguez, apoyado por el propio Miller y por su amigo Quentin Tarantino, que se estrenó en 2005. Sin City (o Frank Miller's Sin City), fue la película que puso en la mesa, otra vez, ese añejo debate sobre el fondo y la forma en la cinematografía. Por una parte, atender sólo su historia es concentrarse en tres versiones de un mismo cuento: un supermachote salva a su chicuela de los malosos, que son muchos, poderosos y extremadamente rencorosos, y para lograrlo, se vale de una violencia sin mordaza que nos lanza a un final que grita una sola cosa: lo romántico aún existe en esta costra llamada mundo. Todo es llevando no al límite, sino a lo básico gracias al formato digital. Así, la imagen se impone sobre la historia amparándose por la posibilidad de reinventarse, por parte del cine, mediante una tecnología que está al alcance de todos. La fórmula demuestra algo que a los grandes estudios les encanta: poco dinero para hacer una película, muchas ganancias y, encima, tan pocos nombres para repartirla. Frank Miller se convierte en el nuevo y venerado autor cuyo nombre augura buena taquilla a bajó costo. Su premio es, sin duda, la adaptación de 300 realizada por Zack Snyder.

Y lo que en Sin City fue aplaudido (su fidelidad al material original, buscando no una adaptación sino una translación), en el 300 de Snyder sale sobrando. Snyder intenta emular a Rodríguez, tomando sólo unas viñetas claves y animándolas. El resto, incluyendo el inexplicable manejo del guión (acreditado al propio Snyder, junto a Kurt Johnstad y Michael Gordon), representa esa afrenta seudopolítica, más que emancipadora a favor del límite al que se puede llevar la cinematografía en nuestros días: mucho ruido, nada de nueces y encima, con un éxito inusitado que nos prepara para lo peor ¡Más adaptaciones por el estilo!

Este 2014 veremos las segundas partes tanto de 300 como de Sin City, pero sólo una pregunta gravita en mi mente tras seguirle la pista a Miller en su ya extendido pasó por Hollywood ¿Regresará el día en el que se conformará con los millones ya embolsados y volverá a encorvarse de tiempo completo sobre un restirador?

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