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¿Todos estamos bien?

Se fue Luis Villoro, quien pensó bien, muy bien, y siempre para bien, la profunda cuestión social de la desigualdad, la discriminación y la prepotencia que marca nuestra historia. Su pensamiento y su recuerdo viven como lo hacen sus luminosos libros. Hoy como nunca, volver a Villoro es obligado: los arcanos bloqueos provenientes de la Colonia subsisten y se reproducen en las arrinconadas regiones donde moran los indios de México, pero también en las mentalidades de quienes poblamos las ciudades y pretendemos marcar pautas para imaginar un futuro mejor para los mexicanos. Nada de esto se logrará si la injusticia social se mantiene como la regla maestra para la reconstitución de la República. El proceso ideológico de la revolución de Independencia es, como lo ha sido por los años, faro que ilumina la reflexión sobre el México profundo donde se dan la mano esas lacras.

Ya se ha dicho pero no sobra reiterarlo: de cada diez mexicanos sólo dos tienen sus "derechos a salvo" en lo que toca a su seguridad y bienestar: no son pobres, según los criterios adoptados para medir la pobreza; tampoco sufren carencias sociales en lo tocante a sus derechos; es decir, gozan de acceso a la salud pública y puede que, al final de su vida activa, dispongan de fondos suficientes para un retiro digno. Con esos niveles de ingreso y derechos cubiertos, puede suponerse que estos mexicanos viven en la zona de seguridad y protección social, de derechos y accesos, que la Constitución garantiza a todos.

Los demás, que forman la mayoría, en cuyo fondo siguen los indios, se hacinan bajo techos endebles y se asientan sobre cimientos movedizos, cuando no están a la espera del próximo desastre natural cuya frecuencia se acentúa, creamos o no en el cambio climático. Entre estos, muchos ganan muy poco, no más de tres salarios mínimos; no tienen asegurado su empleo ni su tierra; apenas se las arreglan para que sus hijos cursen el nivel básico educativo, antes de desertar e incorporarse al ejército de reserva, delincuencial o no, siempre en los linderos de la violencia, el abandono o el riesgo sin fin. Ahí se nutren la incertidumbre, la desazón familiar y personal, la corrosión de la vida en común, basamento de nuestra desconfianza, como consumidores, como viajantes, como ciudadanos.

En el centro de esta auténtica tragedia del "no desarrollo", diferente de la que hablara el sabio Hirschman al observar el 68 mexicano y su terrible desenlace, se ubica la mala economía, que arroja como saldos insoslayables el mal empleo, el peor ingreso y la informalidad como recurso cotidiano. Si el Tratado de Libre Comercio de América del Norte sirvió o no y para qué, podemos discutirlo ad nauseam; como también sobre el diseño político que real o supuestamente lo inspiró y que según algunos ideólogos habría servido para amarrarle las manos a la burocracia mexicana, siempre dispuesta al exceso y el populismo consiguiente. Pero con TLCAN y sin él, los datos y las cifras, los hechos y los dichos, nos refieren a un entorno lamentable, indeseable, que determina al conjunto de la vida en común y condiciona con agresividad la o las formas como se moldea el carácter social de los mexicanos, y da paso a las repetidas estaciones de nuestro descontento.

Y, ahora, de nuevo se quiere llevar al país a un escenario de riesgos mayores, sin deliberación seria y previa que permita a la ciudadanía decidir sobre el momento y la secuencia, no digamos la conveniencia, de arrostrarlos. Otra vez, la prisa lleva la mano y marca la perspectiva abierta por las reformas de estructura que sus proponentes insisten en ver como las que "tanto necesitamos" y que el gobierno logró convertir en nuevos artículos constitucionales y ahora quiere volver leyes aprobadas por el Congreso en un plazo perentorio porque de no hacerlo perderíamos, se dice a diario, algún vagón del progreso universal que no admite retrasos. Y todo esto en medio de una circunstancia global, donde lo único que brilla es la incertidumbre sobre el inmediato futuro.

La prisa es una pésima consejera y peor compañera para una buena política reformadora. Más aún, si de lo que se trata es de restañar tejidos dañados por la violencia o el desempleo o de reconstruir talantes individuales y colectivos respecto del futuro y la convivencia nacionales. El reformismo neoliberal, que quiso coronarse con el TLCAN, pecó de precipitación y exceso de fe en sus axiomas, en la "magia del mercado" y su auto celebrada astucia, y por eso llevó a la economía y a la mayoría de la sociedad a los panoramas de casi estancamiento económico y fractura social que hoy nos embargan. Repetir el error, no sólo daría cuenta de una inexcusable irreflexión de los gobernantes, sino de graves fallas de diseño y estructura del sistema político que resultó de la reforma política y la democratización de fin de siglo.

Quizá, los que gobiernan el Estado y los demás todavía tengamos tiempo de hacer una suerte de alto virtual en el camino para, por lo menos, poner bajo observación a la máquina de la gobernación y revisar el estado de sus neumáticos, el nivel del aceite o la acumulación de energía que nos asegure su movimiento. No lo hemos hecho, a pesar del privilegio de manejar el tiempo y sus cadencias que nos prometía la reforma democrática. Tal vez sea por ello, por la falta de disciplina sobre el manejo del tiempo que nos aqueja, que la prisa que inunda a esta reformitis de última generación contraste con el movimiento maltrecho, disonante, de la economía y las bases sociales; también, con la separación frenética entre esas bases y las cúspides de la política y la riqueza que llegara a extremos inconcebibles en la pasada, no la última, gloriosa batalla contra el fisco. Pero el gobierno insiste, por razones desconocidas pero sobre todo incomprensibles, en que la nave va y todos estamos bien; y con ese intrigante optimismo se nos convoca a trazar rutas de futuro. Hay que hacerlo, pero no a costa de la memoria y de la negación del presente.

Hace unos días, la OCDE informó del bienestar de sus países miembros. México sufrió agudas caídas en el bienestar personal como consecuencia del brusco declive económico de 2009, pero vio aumentar el número de mexicanos que declara "estar muy satisfecho con sus vidas (…) México se clasifica por encima del promedio de la OCDE en los indicadores que tienen que ver con el bienestar subjetivo, pero debajo del promedio en aquellos indicadores relacionados con el compromiso cívico, vivienda, calidad del medio ambiente, condiciones de salud, trabajo, salarios, ingreso y riqueza, así como en seguridad personal y educación" (Roberto González Amador, La Jornada, 05/03/14, p. 29). Esta paradoja, sin duda, reclama el concurso de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas de todo tipo, pero no sólo para esclarecerla sino para prevenirnos de otra ola de fideísmo basado en la originalidad y generosidad de la guadalupana. El "no hizo igual con ninguna otra nación" podría tener más de una semántica.

La nave podrá ir, escorada y sin radar, de arrecife en arrecife ("de punto a punto" como escribiera Gore Vidal). Pero no, no estamos bien, porque para la mayoría las campanas doblan pero no alivian.

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